Historia de la literatura española - Siglo XVII
El barroco
El Barroco sustituye a la exaltación del mundo y del hombre, una radical desvalorización de la vida presente y de la naturaleza humana. El conocimiento y admiración de la antigüedad clásica sigue, pero sus principios estéticos ceden el paso a un criterio completamente distinto. Las principales orientaciones del Barroco son la más aguda manifestación de ciertas tendencias típicas del espíritu español. Ello nos explica el calificativo de "periodo nacional" con que algunos designan al siglo XVII.
El desequilibrio psicológico del siglo barroco en España y sus causas
Pesimismo e indiferenciaEl siglo XVII señala la pérdida de nuestra hegemonía política. España continúa siendo hasta la muerte de Felipe II la primera potencia europea, pero con la subida al trono de Felipe III, se inicia un proceso de descomposición interna que no hace sino acelerarse durante los reinados de Felipe IV y Carlos II. La miseria se va apoderando de la sociedad española y una serie de derrotas en el extranjero dan al traste con buena parte de nuestro Imperio. Desde mediados de siglo, España se ve sustituida por Francia en la dirección de los asuntos europeos y al finalizar la centuria ya no es sino "el esqueleto de un gigante".
El espíritu español adopta dos actitudes opuestas:
- Quienes, movidos por una aguda conciencia de la dolorosa realidad, reaccionan con desolado pesimismo (el caso de Quevedo);
- Los más prefieren embriagarse con los placeres de una vida frívola o refugiarse en un mundo falso de bellas ilusiones y fantasías novelescas, cerrando los ojos a la realidad. El fastuoso lujo de la corte de los Austrias o el éxito popular del teatro de Lope indican bien a las claras la alegre inconsciencia de la mayoría del pueblo español.
He aquí una de las causas que dan lugar a que la literatura española del siglo XVII ofrezca el violento desequilibrio que suponen tan radicales contrastes y se mueva con acelerado ritmo entre angustiosas reflexiones y placenteros estímulos, entre bellas fantasías e implacables alusiones a la terrible realidad.
Desengaño ascético y ansia de goces mundanosAl llegar el siglo XVII nada queda ya de la alegre confianza en la bondad de la Naturaleza. La vida se convierte en un doloroso problema. Vuelven a plantearse multitud de cuestiones y una angustiosa incertidumbre, acompañada de una formidable tensión espiritual, viene a sustituir a la tranquila seguridad vital de la época anterior. España experimenta como ningún otro país este cambio de rumbo gracias al profundo arraigo que en ella alcanzan las ideas de la Contrarreforma.
La noción cristiana del pecado original se instala de nuevo en la mente de todos y la bella ilusión humanística de la bondad natural del hombre se quiebra para dar paso a un radical desengaño. La Naturaleza es mala y el mundo un conjunto de falsas apariencias; será necesario adoptar una actitud de prudente cautela y reprimir los impulsos espontáneos haciendo uso de la mayor violencia. Sucede una ascética desvalorización de todo lo terreno, que se complace en poner de relieve su inevitable caducidad, una honda melancolía. Se compara la vida humana a un sueño, a una breve representación teatral, a una efímera rosa; la imagen de la muerte es ahora rigurosa advertencia y, en fin, la idea de la fugacidad de lo terreno y de la apariencia engañosa de las cosas se impone a todos con tal avasalladora fuerza que la doctrina del desengaño se convierte en el núcleo del pensamiento moral que informa la literatura del siglo XVII. Desilusión, desconfianza, desengaño; pero al mismo tiempo desenfrenado goce de placeres sensoriales, España se precipita en el más bajo materialismo. La progresiva desorganización política, social y económica favorece el nuevo estado de cosas y la sociedad española experimenta un considerable descenso de nivel moral.
- Las clases altas, atentas solamente al logro de una vida muelle, se dejan arrastrar por un exacerbado apetito de lujo y de placeres mientras degeneran o se esfuman los ideales de otros tiempos.
- En cuanto a las clases inferiores, con la presencia de vagos, mendigos y delincuentes, producida por las guerras y la indiferencia del gobierno. Se trata de un vasto sector social, encanallado por el hambre, la holgazanería y el vicio, y para el que solo existen rastreros móviles y brutales instintos (como se describe en la novela picaresca).
La literatura española, al reflejar estas dos posiciones, ofrece un contraste tanto más estridente cuanto que ambas actitudes, al parecer irreductibles, se interfieren constantemente. La conciencia de la transitoriedad de lo terreno hace a veces más febril e impetuoso el goce de los placeres mundanos, el pícaro llega a acentuar lo innoble de su conducta con frecuentes alusiones a la ley moral.
Violencia y tensiónEl reinado de Felipe II supone ya una época de esfuerzo. Fracasados los intentos del Emperador para impedir la escisión de Europa en dos bandos y mantener la vieja concordia amenazada por la Reforma protestante, España se dispone a la defensa de sus ideales contrarreformistas poniendo sus fuerzas en tensión. Pero en la lucha que ahora comienza, el impulso es unánime y rectilíneo porque la meta perseguida por todos es el triunfo de la idea política y religiosa española.
En el siglo XVII lo que antes era coordinado empuje nacional, se convierte en personal desasosiego. Hay una fe que todos comparten y un respeto general a la Monarquía, pero falta un criterio superior que unifique y robustezca la vida espiritual del país, y el individuo, acuciado por angustiosas inquietudes, pretende resolver con actitudes extremosas y gestos desorbitados los problemas que la vida y la realidad histórica del momento le plantean.
Se pierde el sentido de mesura. Todo sobrepasa el límite y en el terreno del arte, al tradicional doble plano realista-idealista se proyecta hasta el infinito, dando lugar a repulsivas caricaturas o a las más exquisitas estilizaciones.
La necesidad de nuevas formas y asuntos
Hay otra razón de índole psicológica: el cansancio que engendran las formas y los temas de cualquier estilo al producirse un cambio socio-cultural. Muchos estilos evolucionan hacia una progresiva complicación. Del mismo modo, los poetas del siglo XVII, movidos por un afán de lograr el mayor asombro, procuran retorcer y exagerar las formas y presentar al lector los asuntos más inesperados. En cuanto a la forma, el paso se hace de lo sencillo a lo complicado. En cuanto a los asuntos, el deseo de nuevos motivos y el desequilibrio espiritual del siglo dan lugar a que el autor busque unas veces su inspiración en lo insignificante y otras en lo grandioso.
Rasgos fundamentales del arte barroco
Su objeto: El arte barroco aspira a ejercitar frecuentemente la sensibilidad o la inteligencia con violentos estímulos de orden sentimental. De ahí lo maravilloso, lo pintoresco, lo colosal, lo grotesco, lo monstruoso. El arte excluirá todo aquello que por no ser suficiente nuevo, original o sorprendente, deje de producir la conmoción estética deseada.
Importancia del criterio personal: El arte barroco responde a una orientación distinta. El poeta sigue admirando a los clásicos; utiliza sus recursos estilísticos, pero su criterio estético prescinde de los viejos cánones forzado por su íntimo desasosiego y por las exigencias de un público ávido de novedades. Será la mera apreciación del individuo o el capricho del autor; de ahí que el ingenio personal adquiera ahora capital importancia y que la originalidad se convierta en una de las máximas aspiraciones del artista barroco.
Tendencia a la exageración: El Barroco manifestará una inclinación decidida a prescindir de toda mesura. Aparece una acentuada tendencia a la exageración, radicalmente opuesta a la noción clásica del límite. La aguda tensión espiritual de la época y el deseo de lograr la mayor originalidad hace que estallen los moldes habituales de la expresión artística. Todo adquiere un carácter desorbitado, hiperbólico.
Dinamismo: El Barroco se nos ofrezca como un estilo fundamentalmente dinámico. La literatura refleja la obsesión del devenir universal y de la falsedad del mundo visible mediante el tema del desengaño. Idea que el autor barroco resuelve plásticamente presentándonos la vida como una vertiginosa sucesión de imágenes que el tiempo arrastra consigo y como un perpetuo cambio de amables apariencias en ásperas realidades. También hallamos dinamismos en la vida de los personajes. El estilo da una impresión de movilidad y retorcimiento. El lenguaje adquiere una mayor rapidez e intensidad expresiva. Este desatado dinamismo se halla frenado a menudo por el deseo de lograr una construcción orgánica.
Contrastes: La literatura barroca se muestra pródiga en contrastes como resultado del desequilibrio psicológico de la época. El hombre del siglo XVII sabe que en el mundo nada hay que tenga un valor único y que las cosas son buenas o malas, bellas o feas, según el punto de vista adoptado, pues, cuando media el desengaño, lo hermoso puede ser repugnante y lo que se nos antojaba verdad, falso. El arte de la época nos ofrezca a menudo en un mismo plano lo minúsculo y lo grandioso, lo refinado y lo grosero, etc.
Con la ley del contraste cabe relacionar otro recurso del barroco: la subordinación de los elementos de la obra a un motivo central. El del siglo XVII subraya la importancia de uno de ellos, subordinándole todos los demás.
Artificiosidad: La elegancia se ve en el artificio y la complicación; lo mejor es lo difícil, lo oscuro. El ingenio se aguza hasta lo inconcebible en busca de alambicadas sutilezas, la expresión se recarga con retorcidas imágenes y la obra de arte se convierte en un enmarañado problema erizado de dificultades. El escritor evita todo aquello que pueda ser comprendido por el vulgo, porque solo atiende a despertar la admiración de un público selecto, lo que le lleva a la creación de un tipo de arte únicamente accesible a unos pocos. Otro motivo, en fin, que justifica la artificiosidad del estilo barroco es la idea, aceptada entonces por muchos, de que la intensidad del goce estético está en razón directa del esfuerzo realizado por el lector para desentrañar el sentido de la obra. La excesiva abundancia de adornos puede observarse lo mismo en la literatura que en las artes plásticas.
Deformación caricaturesca y estilización embellecedora: Dos tendencias coexisten en todo el arte español:
- Realismo: adquiere en el estilo barroco un tono más crudo y descarnado y se convierte a menudo en caricatura, al ofrecer en primer plano los aspectos más bajos de la vida social o de la realidad física y psicológica.
- Idealismo: los productos idealistas son desorbitadas creaciones en las que la realidad aparece substituida por otro mundo de superior belleza.
Se elimina sistemáticamente lo bello para ofrecer tan solo lo desagradable, se deforma la realidad hasta convertirla en caricatura o se huye de ella, bien transfigurándola, bien sustituyéndola por un mondo poético creado por la imaginación. El hombre ha perdido el optimismo de la época precedente y su concepto pesimista de la realidad le inclina unas veces a subrayar morbosamente su lado repulsivo, otras a eludirla en una ansia de belleza absoluta. El arte expresa lo que escapa a las leyes generales de la razón o intenta reducir a esquema, mediante alegorías de valor universal, el mundo fluctuante de los fenómenos particulares.
Tendremos:
- Afanosa búsqueda de lo nuevo o extraordinario, para excitar la sensibilidad y la inteligencia y provocar la admiración;
- Sustitución de las normas clásicas por la apreciación del individuo o el capricho personal;
- Exageración, gusto por lo desmesurado e hiperbólico, tendencia a superar todo límite;
- Concepción dinámica de la vida y el arte, contorsión en los gestos, rapidez y retorcimiento en el estilo;
- Violenta contraposición de elementos extremos; subordinación del conjunto a un motivo central;
- Artificiosidad, complicación, arte difícil, para minorías; superabundancia de adornos;
- Visión unilateral de la realidad: deformación expresionista e idealización desorbitada.
Las dos formas extremas de la literatura barroca en España
Hay dos tendencias en la literatura barroca:
- Culteranismo: aspira a crear un mundo de belleza absoluta, atendiendo, sobre todo, a los valores sensoriales. Para ello se vale de atrevidas trasposiciones metafóricas y de un lenguaje poético esencialmente culto. Sus recursos expresivos son sometidos al proceso de exageración típico del Barroco. Utiliza metáforas, neologismos, hipérbatos, alusiones a la mitología, pero con mayor intensidad. El uso audaz de la metáfora responde a un febril anhelo de esquivar los aspectos desagradables o neutros de la realidad cotidiana, para atender tan solo a los que ofrecen algún valor estético. El culterano hará uso de él como forma casi exclusiva de expresión. El lenguaje culto se basa en el empleo abundante del latinismo, merced al cual la expresión adquiere originalidad y se aleja de las formas vulgares del habla habitual. Son los frecuentes neologismos y el constante hipérbaton. Como procedimiento culto hay también las alusiones a la mitología, mediante las cuales la poesía se sitúa en un mundo bellamente irreal y se ennoblece con el prestigio que deriva de la antigüedad clásica. La atención del poeta culterano se concentra en la exaltación de la belleza sensorial y en la creación de un exquisito lenguaje poético, se comprende que en sus versos el asunto sea lo de menos y llegue a desaparecer tras una exuberante fronda ornamental. El poema queda reducido a una brillante sucesión de imágenes, expuestas en un estilo afectado y difícil, pero espléndido y magnificente, en el que falta una vibración cordial. Sus rasgos esenciales se hallan vinculados en cierto modo al sentir estético del Mediodía de España. La producción de tres grandes poetas andaluces: Mena (siglo XV), Herrera (siglo XVI) y Góngora (siglo XVII). El estilo culterano se manifiesta a menudo en la poesía.
- Conceptismo: a base del conceptismo se halla en las asociaciones ingeniosas de ideas o palabras (conceptos). A éste, la sutileza del pensar y la agudeza del decir. El conceptismo se manifiesta en la prosa. El conceptista prefiere valerse del habitual y retorcerlo artificiosamente creando palabras nuevas, prestándoles a éstas significados arbitrarios o violentando la sintaxis. El conceptismo revela agudeza en el pensamiento y en la expresión, pero en muchos casos todo se reduce a juegos meramente verbales a base de doble significado de un término, de la contraposición de palabras o frases. La prosa conceptista se llena así de antítesis, paradojas, contrastes, paralelismos, rebuscados chistes e ingeniosidades de toda especie, que le prestan un tono extraordinariamente afectado. Típico del conceptismo es también el laconismo de la frase, ya que la eficacia del "concepto" depende en gran parte de su rápida expresión. La brevedad aumenta la dificultad, pero una vez vencida ésta, el efecto resulta superior y el goce derivado de la comprensión más intenso. La prosa conceptista condensa el pensamiento en frases concisas, con un ritmo cortado y zigzagueante. Usan los temas mitológicos o los sustituyen por alegorías morales. Tuvo siempre una amplia acogida. Dos fueron los géneros literarios que utilizaron sus recursos con mayor profusión:
- el burlesco: los conceptos sirvieron de base a agudas observaciones de tipo satírico;
- el didáctico moral: los conceptos se emplearon como ornato literario destinado a contrarrestar lo denso del pensamiento o lo amargo de la moralidad.
El conceptismo llegó a infiltrarse en los demás géneros de la época: el teatro, la historia y hasta la propia poesía culterana. El culteranismo acabó invadiendo el campo de la prosa, del teatro e incluso de la oratoria religiosa. El culteranismo y el conceptismo pueden relacionarse con manifestaciones barrocas de la poesía europea del siglo XVII que obsederían en parte a un influjo español: el Marinismo italiano, Preciosismo francés, la escuela silesiana en Alemania, los poetas metafísicos en Inglaterra.
Comienzo, auge y decadencia del estilo barroco
Las nuevas formas consiguen de haber vencido la resistencia de importantes núcleos. Durante los últimos años del siglo XVI y los primeros del XVII, comienzan a apuntar las tendencias barrocas, pero el estilo natural continúa siendo el de la mayoría (Cervantes). Los años siguientes señalan el paso hacia el estilo barroco. El culteranismo halla adeptos e impugnadores, pero todos presentan la misma afectación, la misma artificiosidad, el mismo abandono de la naturalidad, hasta entonces norma suprema del arte. A mediados del siglo, el Barroco se ha impuesto definitivamente.
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