Panorama de las historias de la literatura española
La historia de las historias generales de la literatura española puede remontarse a Luis José Velázquez. En España se habían hecho muchísimas cosas, desde el punto de vista histórico-literario, ya en la segunda mitad del siglo XVIII; por los mismos años en que se publicaban la obra de Ticknor y sus primeras traducciones iniciaba su gloriosa andadura la ‘Biblioteca de Autores Españoles’. Una reforma didáctica favoreció al ‘Manual de la literatura’, que incluía un ‘Resumen histórico de la literatura española’, cuya primera edición apareció en 1845, publicada por Antonio Gil y Zárate; pero hasta 1861 no apareció el primer tomo de la ‘Historia crítica de la literatura española’ de José Amador de los Ríos.
Él hizo resaltar aquel medioevo que los españoles casi habían olvidado durante siglos pero que le resultaba esencial para comprender el carácter español, que tenía al arte propiamente español. De los Ríos redactó una introducción extensísima exponiendo sus criterios y esbozando también una historia de la crítica literaria en España que cabe considerar, como un anticipo de la ‘Historia de las ideas estéticas en España’, de Menéndez Pelayo, que fue alumno suyo en la Universidad de Madrid. Tres lenguas peninsulares forjaron la historia literaria de los siglos XV y XVI (además del castellano, el portugués y el catalán). En su programa incluye la literatura realizada en la antigüedad en la Península Ibérica.
Incluye el estudio de las influencias semíticas, el de la formación de las lenguas romances hispánicas; llega hasta finales del siglo XV y hasta finales del XVII; dedica el resto al XVIII. Se distancia más claramente de Amador de los Ríos. Cuando Pelayo escribía todo esto, se habían publicado ya otras historias de la literatura española (la más difundida fue el manual de Manuel Revilla y Pedro de Alcántara). El acontecimiento que marcó el final de una época en la historiografía de las historias de la literatura española y el comienzo de otra fue la publicación en 1898, en Londres, de ‘A history of Spanish literature’ de James Fitzmaurice-Kelly.
Tuvo ésta en España al menos 8 ediciones. La edición francesa de 1913 fue traducida al español por el propio autor en 1913 y esta nueva traducción tuvo 5 ediciones. Durante las décadas en que predominó el manual de Fitzmaurice-Kelly se publicaron algunos otros manuales de literatura española. Un carácter totalmente distinto tuvo la ‘Historia de la literatura española’ de Juan Hurtado y Ángel González Palencia, publicada en Madrid a principios de 1921 y que tuvo su sexta edición en 1949.
Ángel Valbuena Prat, con la ‘Historia de la literatura española’ que fue unida a la novena edición puesta al día por Antonio Prieto, es mucho más parecida a un manual y ha contribuido a renovar la imagen de la literatura española.
Han parecido en nuestro siglo libros que se adentran en el difícil terreno de las caracterizaciones generales de la literatura española (Castilian Literature de Bell). Entre las historias habrá que mencionar la de Ángel del Río y Juan Luis Alborg. Se ha ido afirmando la fórmula de la obra colectiva. El primer ejemplo, ‘Historia general de las literatura hispánicas’, dirigida por Guillermo Díaz Playa. En menor medida se adopta el principio del trabajo en equipo en ‘A literary history of Spain’ dirigida por Jones. Parecida estructura tiene la ‘Historia y crítica de la literatura española’ a cargo de Francisco Rico, que recoge textos críticos de distintos autores.
Un carácter específico y distinto tiene la ‘Historia social de la literatura española’ de Carlos Blanco Aguinaga, Julio Rodríguez Puértolas e Zavala. Nuestra historia se inserta también en la tradición italiana. En 1880 apareció la pequeña ‘Letteratura Spagnola’, publicada por Hoepli y recopilada por Cappelletti.
En la ‘Historia de la civilización literaria española’ colaboran estudiosos italianos, españoles, estadounidenses, franceses y de otras nacionalidades. El pluralismo resulta más fecundo y apetecible que una coherencia que posee un elemento inevitable de cerrazón.
Historia de la lengua e historia de la literatura
La historia de la lengua y de su literatura están estrechamente unidas. La literatura enriquece, ennoblece, afina y perfecciona el lenguaje de la cotidiana comunicación utilitaria; pero ésta, a su vez, rompe a menudo los esquemas petrificados del uso literario, los renueva y los vivifica.
Oralismo lingüístico y literario en la transición del latín al romance
En los orígenes de las lenguas y literaturas neolatinas parecería que la creación y evolución lingüísticas habían tomado la delantera, con enorme ventaja sobre las literarias. El impulso de aquéllas fue tan irrefrenable y su ritmo tan acelerado que a los 4 siglos de caer el Imperio romano el antiguo dominio geográfico del latín estaba fragmentado en 10 áreas, correspondiente a otras tantas lenguas filiales. La literatura que de estos siglos oscuros se conserva es obra de doctos que seguían empleando el latín más puro. La aparición escrita de textos literarios suyos es posterior. Esa producción literaria tradicional puede transmitirse oralmente durante siglos, tardando en ser recogida por la escritura o puede no llegar a escribirse nunca.
En su época de orígenes las lenguas neolatinas vivieron largamente en estado oral. La escritura era monopolio del latín culto. Durante los 3 siglos que median entre las primeras invasiones germánicas (411) y la invasión árabe (711) ocurrieron los principales cambios que jalonaron el tránsito del latín hablado a la construcción de las nuevas lenguas iberorrománicas; pero toda la producción litúrgica, doctrinal, jurídica e histórica de la Hispania visigoda está en latín docto. En las lenguas y dialectos románicos debían cantarse las baladas licenciosas y burlescas cuyo canto se acompañaba con golpes de címbalo. De estas manifestaciones literarias no han quedado testimonios directos.
La invasión árabe y los primeros siglos de la reconquista. Los primitivos dialectos iberorrománicos
La monarquía visigoda se hunde con sorprendente rapidez, fulminada por la invasión musulmana, que en poco tiempo se adueña de casi toda la Península, entra en las Galias y ocupó hasta finales del siglo vertiente Norte del Pirineo oriental. Apenas salidos de su estupor primero, los hispano-godos refugiados en las montañas de Asturias decidieron oponerse a los invasores y concibieron la increíble empresa de responder a la guerra santa del Islam con una guerra santa que los llevase a recobrar la España cristiana perdida.
En el siglo IX asturianos, gallegos y cántabros, bajo el mando los Reyes de Asturias, salieron de las montañas y situaron su frontera en el río Duero. La capital del reino pasó de Oviedo a León, cuyo monarcas tomaron repetidamente el título de emperadores. Castilla fue un territorio muy combatido por los musulmanes y defendido por numerosas pequeñas fortalezas. Los núcleos cristianos del Pirineo tardaron en imitar el empuje reconquistador de los occidentales. Sólo entonces ganó Ludovico Pio para el Imperio franco la Marca Hispánica, que comprendía el norte de la posterior Cataluña, y se apoderó de Barcelona en el año 801. El conde barcelonés Borrell rehusó reconocerse vasallo de Francia (989), y Cataluña quedó asociada por cuenta propia a la reconquista del suelo español.
El reino de Navarra, en los primeros decenios del siglo X rescata de los moros, con ayuda leonesa, casi toda la Rioja. Los dominios cristianos y los musulmanes estaban separados por una vasta zona estratégicamente desierta o poco habitada. Cada avance de los cristianos iba seguido por la correspondiente repoblación, que llevaba consigo trasiego y mezcolanza demográfica e impulsaba la nivelación lingüística.
- El gallego-portugués
- El astur-leonés
- El castellano
- El navarro-aragonés
- El catalán
En la España musulmana o Al-Andalus vivían nutridos contingentes de hispano-godos, esto es, los mozárabes; muchos de ellos conservaban su religión cristiana y su dialecto románico, hablado también por no pocos mozárabes islamizados.
Castilla y el dialecto castellano
Castilla arrinconó las leyes visigodas, muy romanizadas e hizo leyes de costumbres jurídicas tradicionales, también de origen germánico. Castilla creó un dialecto romance a su imagen y semejanza: innovador, independiente, resuelto y expansivo. El romance castellano difería de sus hermanos peninsulares en el tratamiento que daba a determinados fonemas y grupos consonánticos latinos. El castellano llevaba adelante evoluciones en cuyas etapas intermedias se detenían los demás romances hispánicos. El castellano era en sus decisiones más rápido que los dialectos adyacentes.
La reconquista a partir del siglo XI. Transformación del mapa lingüístico peninsular
En la segunda mitad del siglo X el poderío del Califato cordobés puso a dura prueba la resistencia de los Estados cristianos. La presión se hizo más angustiosa con las asoladoras campañas de Almanzor a partir de 981; pero, muerto en 1002 el caudillo musulmán, decayó la pujanza del Califato, que se desmoronó 30 años después. Surgieron entonces los pequeños e inestables reinos de taifas, incapaces de enfrentarse con los cristianos, a quienes ceden territorios y pagan tributos. Las nuevas invasiones africanas de los almorávides a fines del siglo XI y de los almohades en la segunda mitad del XII, no lograron detener el progreso de las armas cristianas hacia el Sur.
Las consecuencias lingüísticas del avance cristiano incluyeron también la desaparición de los dialectos románicos mozárabes. Su absorción por los romances septentrionales se inició con la toma de Coimbra (1064) y la de Toledo (1085). El núcleo mozárabe toledano era muy nutrido y poderoso, hasta el punto de que, después de reconquistada la ciudad, conservó durante mucho tiempo sus costumbres públicas y jurídicas, tuvo jueces propios y siguió usando el árabe en sus escrituras notariales. La castellanización de su lenguaje fue lenta. El neocastellano de Toledo había de ser tenido largamente por modelo del buen uso.
En los siglos XII y XIII la reconquista avanza considerablemente. Cada estado cristiano lleva su dialecto románico a las tierras que se anexiona. Los mozárabes no pudieron mantener su hablas romances. Lingüísticamente la Península quedó dividida en 5 franjas que se extendían de Norte a Sur. En 1482-1492 se adicionó el reino de Granada. Los dialectos aledaños fueron reduciendo sus áreas por la progresiva castellanización de sus zonas limítrofes.
Primitivo oralismo organismo de los dialectos iberorrománicos y de su producción literaria
Hasta mediar el siglo XII la única lengua habitualmente escrita en la Península continuó siendo el latín. La conciencia de que la lengua vulgar era ya distinta del latín se manifiesta en acotaciones romances (las Glosas Emilianenses y las Silences, del siglo X o XI- escritos en dialecto navarro-aragonés, en el monasterio Riojano de San Millán de la Cogolla). En el siglo XII la creciente frecuencia de documentos notariales fragmentaria o predominantemente escritos en romance concuerda con un cambio en la designación de la lengua vernácula.
Por otra parte, en los siglos XI y XII refinados poetas árabes y hebreos de la España musulmana cultivaban un género de poemas líricos cuyos finales o jarchas eran cancioncilllas que mezclaban palabras árabes y romances; éstas últimas en dialecto mozárabe. Las jarchas parecen haber sido inventadas por ellos de la tradición oral. Casi todas expresan en primera persona los sentimientos de jóvenes enamoradas. La épica y la lírica tradicionales ostentaban la autonomía de su lenguaje conservando en las rimas arcaísmos.
Del romance hablado al romance escrito. De la anarquía gráfica a la estabilidad. Comienzo de la literatura romance escrita
Quienes intentaban escribir en romance tenían que enfrentarse con la dificultad de representar gráficamente sonidos inexistentes en latín. Notarios y amanuenses hubieron de improvisar soluciones, dando lugar a que se multiplicaran las gracias distintas para un mismo sonido y se empleara a su vez una misma grafía para varios sonidos. Tal anarquía comenzó a decrecer al tiempo que aumentaba el empleo de la lengua vernácula en los documentos notariales.
En los primeros decenios del siglo XIII la Cancillería regia de Castilla y León abandona el uso del latín, salvo en sus relaciones internacionales, especialmente con la Curia romana. Este reconocimiento del romance como lengua oficial aceleró la normalización gráfica; a ella contribuyó también la aparición del mester de clerecía, la primera escuela de poetas cultos que se valía del romance llano. Al mediar del siglo XIII se había establecido un sistema ortográfico que había de mantenerse sin cambios sustanciales hasta el siglo XVIII. La aparición y la extensión de la literatura romance escrita quitó exclusividad al oralismo tradicional, que mantuvo su actividad creadora en la épica, en el Romancero e en la lírica.
El influjo árabe en la lengua y cultura española
En los primeros tiempos de la reconquista la mayor potencia de la España musulmana y su más alto nivel de vida influyeron intensamente en los pobres Estados cristianos. A ello contribuyó el gran contigente de mozárabes que abandonaron la España islámica a causa de la persecución religiosa de los siglos IX y X y vinieron a repoblar la meseta septentrional, adonde llevaron hábitos contraídos en el siglo y medio largo que sus ascendientes habían vivido entre moros.
Todas estas circunstancias ocasionaron la incorporación de abundantisimo vocabulario árabe a los romances del septentrion peninsular. Toledo con la célebre escuela de traductores iniciada bajo el arzobispo Raimundo de Sauvetat fue uno de los principales puentes por donde pasaron a Europa la ciencia y la filosofía árabes que habían añadido valiosas aportaciones originales. El llamado amor Cortés trovadoresco tiene antecedentes en el mundo árabe. Una vez acabada la reconquista disminuyó la adopción de nuevos arabismos y muchos cayeron en desuso.
La influencia francesa y occitana en la España de los siglos XI al XIII
Alfonso II mantenía sus relaciones con Carlomagno, y en el español Teodulfo, obispo de Orleans, impulsaba el renacimiento Carolingio. En Asturias y León corría moneda gallecana, había preseas eclesiásticas franciscas y se guerraba con espadas frankas. Sancho el mayor, cabeza la renovadora dinastía Navarra, facilitó la peregrinación a Compostela abriendo por el interior un camino menos penoso (camino francés) que el de la costa.
Fueron llamados francos los muchos inmigrantes que desde el siglo XI se asentaron en las ciudades y villas españolas. Momento decisivo fue el reinado de Alfonso VI de Castilla y León, cuyas sucesivas esposas fueron princesas de las casas de Francia o de Borgoña, y que casó a sus hijas con Raimundo de Borgoña y Enrique de Lorena. En los monasterios españoles se implantó la reforma cluniaciense, dirigida por clérigos venidos en su mayoría de la Francia meridional. La escritura visigoda fue reemplazada por la francesa Carolina. La influencia eclesiástica francesa se vio reforzada por la nueva reforma cisterciense, y sólo empezó a debilitarse en el siglo XIII.
Con el aluvión inmigrante vinieron juglares que cantaban por las vías de peregrinación. La épica y la lírica de la España cristiana experimentaron su influjo. La acomodación de los francos a la sociedad española pasó por una etapa de hibridismo lingüístico manifiesto en varios fueros del siglo XII. El español adoptó un gran número de galicismos y occitanismos.
La apócope vocálica en los siglos XI al XIII
Durante los siglos XI y XII se generalizó la pérdida de la /e/ final tras las consonantes que no la requieren hoy. A estas apócopes ocasionales se añadieron las de multitud de vocablos franceses, provenzales o catalanes que entonces se incorporaban al léxico castellano. El apogeo literario de la apócope extrema corresponde a los textos del siglo XII y primeros 2 tercios del XIII (Cantar de mío Cid).
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