La Celestina
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La Celestina, una de las obras capitales de la literatura española.
La Celestina es el nombre con el que se conoce desde el siglo XVI a la obra titulada primero
Comedia de Calisto y Melibea y después Tragicomedia de Calisto y Melibea, atribuida casi en su
totalidad al bachiller Fernando de Rojas. Es una obra de transición entre la Edad Media y el
Renacimiento escrita durante el reinado de los Reyes Católicos y cuya primera edición conocida es
de 1499. Constituye una de las bases sobre las que se cimentó el nacimiento de la novela y el teatro
modernos.
La obra se estudia en sus dos principales ediciones: la Comedia y la Tragicomedia. En cuanto a su
género, existe cierta polémica, aunque por lo general se coincide en su carácter dramático. La
calidad de su argumento, así como la profundidad psicológica de los personajes, han hecho que se
considere una de las cumbres de la literatura en lengua española.
Contexto histórico y social
La Celestina se escribe durante el reinado de los Reyes Católicos, cuyo matrimonio se celebra en
1469 y alcanza hasta 1504, año de la muerte de Isabel la Católica. En 1492 se produce el
descubrimiento de América, la conquista de Granada y la expulsión de los judíos, tres hechos de
gran significado en la historia de España. Es también el año en que Antonio de Nebrija publica la
primera gramática de la lengua castellana, publicación que, junto a la actividad docente del propio
Nebrija en Salamanca, propicia la irrupción del Humanismo en España. Así, convencionalmente y a
efectos didácticos, se sitúa en este año, 1492, el comienzo de la transición entre la Edad Media y el
Renacimiento. Es, precisamente, en la década de los noventa del cuatrocientos cuando aparecen las
primeras ediciones de la Comedia de Calisto y Melibea.
La unificación de todos los territorios de la Península Ibérica, excepto Portugal, en un único reino y
en una única religión, la cristiana, se produce en este periodo. Sánchez Albornoz resalta la
importancia de ser cristiano viejo, en una sociedad que está prevenida frente a los miembros de las
otras dos religiones: judíos y musulmanes, e incluso llega al rechazo frontal. Se desconfía de los
conversos (cristianos que antes eran judíos o con antepasados de esa religión), que han de ocultar su
condición. Finalmente, serán expulsados los miembros de esas religiones del reino y la Inquisición
perseguirá, incluso hasta a la muerte, a los sospechosos de practicar otras religiones.
Ediciones
La primera cuestión en el estudio de esta obra capital es el gran número de ediciones existentes en
sus primeros años, el hecho de tratarse de una obra que se amplía, de 16 a 21 actos, y el que en la
bibliografía consultada encontramos diferentes teorías que consideran unas ediciones anteriores o
posteriores a su fecha oficial. Existen dos versiones principales de la obra, la que llamaremos
Comedia, que cuenta con 16 actos, y la que llamaremos Tragicomedia, que cuenta con 21.
La Comedia
Aunque se sospecha que pudiera haber habido una edición anterior, se considera actualmente que la
edición príncipe de la Comedia fue la publicada en Burgos por el impresor Fadrique de Basilea en
1499, con el título probable de Comedia de Calisto y Melibea y conservada en la Hispanic Society
de Nueva York. Sin embargo, algunos estudiosos han puesto en duda la fecha de esta edición,
retrasándola y haciendo de la de Toledo de 1500 la edición príncipe. El problema de la edición de
Burgos es que carece de la primera hoja, por lo que se supone el hecho de que, como las otras
conservadas, llevaría el título de Comedia.
La Comedia cuenta con 16 actos y, a partir de la edición de Toledo, con unas coplas reales con
versos acrósticos en que se puede leer "El bachiller Fernando de Rojas acabó la Comedia de Calisto
y Melibea e fue nascido en la Puebla de Montalbán". Esta edición de 1500 incluye la carta prólogo,
los versos antedichos, el incipit y el argumento. Al faltar la primera hoja se ha sugerido que la
edición de Burgos también pudiera incluirlos, pero sin fundamento.
El éxito de la obra fue inmediato, lo que propició otras ediciones, tal vez alguna perdida, y en 1501
la obra se publica en Sevilla con una nueva edición, la cual también lleva el título de Comedia de
Calisto y Melibea, lo cual parece argumentar también a favor de que ese sea el nombre de la edición
de 1499. Como las dos anteriores, tiene dieciséis actos, y como de las dos anteriores, sólo se
conserva un único ejemplar, aunque en bastante buen estado.
La Tragicomedia
En 1502 apareció una nueva edición titulada Tragicomedia de Calisto y Melibea con cinco actos
más antes del acto final, 21 en total, el llamado Tratado de Centurio porque en él aparece este
personaje, así como un prólogo en que se explica que la obra se inspira en la máxima de Heráclito
"todas las cosas son criadas a manera de contienda o batalla", es decir, "la guerra o discordia es el
padre de todas las cosas", concepción dialéctica de la vida que se imprime en la obra, en la que se
detestan siervos y señores, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, ingenuos y avispados, e incluso el
mismo lenguaje batalla consigo mismo, contraponiéndose un estilo elevado y latinizante a otro bajo,
coloquial y aun vulgar. De esta Tragicomedia existen 6 ediciones en ese mismo año 1502,
destacando la de Sevilla de Jacobo Cromberger, aunque hay otras tres en esa misma ciudad, una en
Salamanca y otra en Toledo.
El éxito fue tal que del periodo que va de 1499 a 1634 se han conservado 109 ediciones en España,
a las que hay que sumar 24 de su traducción al francés, 19 en italiano, dos en alemán, una en latín
clásico y otra en hebreo.
Pero no triunfó el título, pues ni por Comedia, ni por Tragicomedia fue nunca tan conocida como
por La Celestina, y así podemos ver que se refieren a ella desde principios del siglo XVI Juan de
Valdés o Juan Luis Vives.
Autoría
Aunque el autor es sin duda Fernando de Rojas, existe cierta controversia en este punto, en parte
inducida por el mismo autor. La obra no va firmada y Fernando de Rojas es el nombre que
encontramos en los versos preliminares a la obra, a los que acompaña la carta donde se dice que
hacia 1497 encontró el primer acto y el comienzo del segundo mientras estudiaba leyes en
Salamanca y, al haberle gustado mucho y no conocer el final de la historia, añadió quince más hasta
concluirla (se refiere, claro está, a la primera versión, la Comedia). El primer problema de autoría
sería, siguiendo a Rojas, el de encontrar al autor de ese primer acto; se cree que dicho primer acto es
un manuscrito que se ha hallado en el Palacio Real y que se denomina Celestina de Palacio. El
continuador afirma que algunos atribuían este primer acto a Juan de Mena y otros a Rodrigo de
Cota.
Estas atribuciones probables que hace Fernando de Rojas son problemáticas. Mena fue descartado
por la crítica casi de inmediato, porque su fama en Salamanca habría sacado a la luz esa autoría de
inmediato, lo cual indica que puede ser un recurso de Rojas para llamar la atención sobre la obra
usando un nombre de prestigio. Al descubrirse unos escritos de Mena en prosa latinizante, se quiso
volver sobre esta pista, que no parece probable.
Algo más creíble es la posibilidad de Rodrigo de Cota y se han visto conexiones entre La Celestina
y su Diálogo entre el Amor y un Viejo si bien el tema amoroso se trata en ambas obras de forma
muy distinta. En todo caso, la posibilidad no pasa de ahí, pues nada la fundamenta.
El problema llegó a ser más grave, pues en el siglo XIX llegó a negarse la existencia de Rojas,
queriendo buscar otras atribuciones, pero autores de principios del siglo XX (Serrano y Sanz en
1902 y Del Valle Lersundi en 1929) demostraron que se trataba de una persona real, presentando
documentos que demostraban su existencia y su autoría.
Menéndez Pelayo tomó algunas de estas dudas (entre los que las planteaban había gente de la talla
de Leandro Fernández de Moratín o Blanco White) y descreyó de las afirmaciones de Rojas,
pensando que serían fruto de la timidez o de un tópico literario convencional que acaso encubriría la
necesidad de separarse de una obra algo licenciosa compuesta en su juventud, barajando también la
posibilidad de que fuese un judío converso, que temería a la Inquisición; para ello se basó en la
unidad de estilo, lo que justificaba la existencia de un único autor. Otros, que consideran que ese
primer acto sería de verdad anónimo y todo lo demás de Fernando de Rojas, prueban su afirmación
alegando diferencias en las fuentes, en las estructuras sintácticas y en los rasgos de estilo de ambos
textos. Sin embargo, otra autoridad, cual es Alan D. Deyermond, se inclina por pensar que esas
diferencias, realmente existentes, serían fruto del paso del tiempo. Pero aún hay opiniones más
diversas, pues hay quienes creen que Rojas es autor solamente de los 5 actos añadidos en la
Tragicomedia, el llamado Tratado de Centurio, o incluso al revés, el Tratado de Centurio sería
fruto de una composición colectiva por parte de una reunión de humanistas amigos.
Estos problemas de atribución han llegado también a los textos que acompañan la obra (carta,
prólogo o incipit, versos acrósticos y argumentos). La carta, el prólogo y los versos acrósticos se
atribuyen, por lo general, al humanista Alonso de Proaza, si bien María Rosa Lida piensa que son de
Rojas.
Género literario
El género de La Celestina es una cuestión polémica, que surge ya en el siglo XVIII cuando el
problema del género se plantea. La inflexible preceptiva neoclásica apremiaba a encajar la obra en
un modelo preexistente, pero los férreos moldes de los géneros dieciochescos imposibilitan ese
propósito, lo que deterioró su consideración entre los idealizantes escritores del Neoclasicismo,
como Moratín, que la llamó «novela dramática» para denotar la mezcla de géneros y la originalidad
de la obra. Otro crítico y escritor, éste de la Renaixença catalana, Buenaventura Carlos Aribau, la
llamó «novela dialogada».
Se resistían a encajarla en el drama. El hecho es que se trata de un texto totalmente dialogado, cuya
extensión y saltos temporales y sobre todo espaciales, hacían irrepresentable en su momento y la
destinaban a la lectura en voz alta, como era costumbre en la época; sin embargo, esto no quita que
para el lector de la época de Rojas se tratara de un texto dramático. Ya entrado el siglo XX y con
extensos medios escenográficos, la obra pudo representarse íntegra o resumida, si bien no es una
obra concebida para la representación sobre un escenario, sino para una lectura dramática.
Marcelino Menéndez Pelayo se debatía en sus Orígenes de la novela, a fines del XIX, en la
contradicción de considerarla drama por ser todo en ella activo y nada narrativo, o no hacerlo, a
causa de su excesiva longitud, su obscenidad y su estructura, donde la acción es escasa y la
escenografía nula. En todo caso, Menéndez Pelayo no duda del influjo que la obra produce sobre la
novela posterior por su realismo, tanto ambiental como psicológico. Desde la perspectiva moderna,
sin embargo, estas objeciones que plantea son de escasa relevancia: la duración es una convención
más comercial que literaria y la obscenidad es algo opinable y más propio del momento político en
que Pelayo escribió que del de la obra o la época actual. Es más, su estructura no es muy diferente
de la de muchas obras de ese momento e incluso posteriores, cuando en los Siglos de Oro el teatro
en España alcanzó su máximo esplendor. Sencillamente, Menéndez Pelayo era víctima de sus
prejuicios clasicistas y de su formación católica, que hacían prevaricar con frecuencia sus juicios
estéticos.
Críticos posteriores, como Alan Deyermond a fines del siglo XX, recuperaron la denominación de
Arib