Che materia stai cercando?

Anteprima

ESTRATTO DOCUMENTO

Llovía despacio pero sin pausas. El coronel habría preferido envolverse en una

manta de lana y meterse otra vez en la hamaca Pero la insistencia de los bronces rotos

le recordó el entierro “Es octubre”, murmuró, y caminó hacia el centro del cuarto.

Sólo entonces se acordó del gallo amarrado a la pata de la cama Era un gallo de pelea.

Después de llevar la taza a la cocina dio cuerda en la sala a un reloj de péndulo

montado en un marco de macera labrada. A diferencia del dormitorio demasiado

estrecho para la respiración de una asmática, la sala era limpia con cuatro mecedoras

de fibra en torno a una mesita con un tapete y un gato de yeso. En la pared opuesta a

la del reloj, el cuadro de una mujer entre tules rodeada de amorines en una barca

cargada de rosas.

Eran las siete y veinte cuando acabó de dar cuerda al reloj. Luego llevó el gallo a

la cocina, lo amarró a un soporte de la hornilla, cambió el agua al tarro y puso al lado

un puñado de maíz. Un grupo de niños penetró por la cerca desportillado. Se

sentaron en torno al gallo, a contemplarlo en silencio.

—No miren más a ese animal —dijo el coronel—. Los gallos se gastan de tanto

mirarlos.

Los niños no se alteraron. Uno de ellos inició en la armónica los acordes de una

canción de moda. “No toques hoy”, le dijo el coronel. “Hay muerto en el pueblo”. El

niño guardó el instrumento en el bolsillo del pantalón y el coronel fue al cuarto a

vestirse para el entierro.

La ropa blanca estaba sin planchar a causa del asma de la mujer. De manera que

el coronel tuvo que decidirse por el viejo traje de paño negro que después de su

matrimonio sólo usaba en ocasiones especiales. Le costó trabajo encontrarlo en el

fondo del baúl, envuelto en periódico y preservado contra las polillas con bolitas de

naftalina. Estirada en la cama la mujer seguía pensando en el muerto.

—Ya debe haberse encontrado con Agustín —dijo—. Pueda ser que no le cuente

la situación en que quedamos después de su muerte.

—A esta hora estarán discutiendo de gallos —dijo el coronel.

Encontró en el baúl un paraguas enorme y antiguo. Lo había ganado la mujer en

una tómbola política destinada a recolectar fondos para el partido del coronel. Esa

misma noche asistieron a un espectáculo al aire libre que no fue interrumpido a pesar

de la lluvia. El coronel, su esposa y su hijo Agustín —que entonces tenía ocho años—

presenciaron el espectáculo hasta el final, sentados bajo el paraguas. Ahora Agustín

estaba muerto y el forro de raso brillante había sido destruido por las polillas.

—Mira en lo que ha quedado nuestro paraguas de payaso de circo —dijo el

coronel con una antigua frase suya. Abrió sobre su cabeza un misterioso sistema de

varillas metálicas—. Ahora sólo sirve para contar las estrellas.

Sonrió. Pero la mujer no se tomó el trabajo de mirar el paraguas. “Todo está así”,

murmuró. “Nos estamos pudriendo vivos”. Y cerró los ojos para pensar más

intensamente en el muerto.

Después de afeitarse al tacto —pues carecía de espejo desde hacía mucho

tiempo— el coronel se vistió en silencio. Los pantalones, casi tan ajustados a las

piernas como los calzoncillos largos, cerrados en los tobillos con lazos corredizos, se

sostenían en la cintura con dos lengüetas del mismo paño que pasaban a través de

dos hebillas doradas cosidas a la altura de los riñones. No usaba correa. La camisa

color de cartón antiguo, dura como un cartón, se cerraba con un botón de cobre que

servía al mismo tiempo para sostener el cuello postizo. Pero el cuello postizo estaba

roto, de manera que el coronel renunció a la corbata.

Hacía cada cosa como si fuera un acto trascendental. Los huesos de sus manos

estaban forrados por un pellejo lúcido y tenso, manchado de carate como la piel del

cuello. Antes de ponerse los botines de charol raspó el barro incrustado en la costura.

Su esposa lo vio en ese instante, vestido como el día de su matrimonio. Sólo entonces

advirtió cuánto había envejecido su esposo.

—Estás como para un acontecimiento —dijo.

—Este entierro es un acontecimiento —dijo el coronel—. Es el primer muerto de

muerte natural que tenemos en muchos años.

Escampó después de las nueve. El coronel se disponía a salir cuando su esposa lo

agarró por la manga del saco.

—Péinate —dijo.

Él trató de doblegar con un peine de cuero las cerdas color de acero. Pero fue un

esfuerzo inútil.

—Debo parecer un papagayo —dijo.

La mujer lo examinó. Pensó que no. El coronel no parecía un papagayo. Era un

hombre árido, de huesos sólidos articulados a tuerca y tornillo. Por la vitalidad de sus

ojos no parecía conservado en formol.

“Así estás bien”, admitió ella, y agregó cuando su marido abandonaba el cuarto:

—Pregúntale al doctor si en esta casa le echamos agua caliente.

Vivían en el extremo del pueblo, en una casa de techo de palma con paredes de

cal desconchadas. La humedad continuaba pero no llovía. El coronel descendió hacia

la plaza por un callejón de casas apelotonadas. Al desembocar a la calle central sufrió

un estremecimiento. Hasta donde alcanzaba su vista el pueblo estaba tapizado de

flores. Sentadas a la puerta de las casas las mujeres de negro esperaban el entierro.

En la plaza comenzó otra vez la llovizna. El propietario del salón de billares vio

al coronel desde la puerta de su establecimiento y le gritó con los brazos abiertos:

—Coronel, espérese y le presto un paraguas.

El coronel respondió sin volver la cabeza.

—Gracias, así voy bien.

Aún no había salido el entierro. Los hombres —vestidos de blanco con corbatas

negras— conversaban en la puerta bajo los paraguas. Uno de ellos vio al coronel

saltando sobre los charcos de la plaza.

—Métase aquí, compadre —gritó.

Hizo espacio bajo el paraguas.

—Gracias, compadre —dijo el coronel.

Pero no aceptó la invitación. Entró directamente a la casa para dar el pésame a

la madre del muerto. Lo primero que percibió fue el olor de muchas flores diferentes.

Después empezó el calor. El coronel trató de abrirse camino a través de la multitud

bloqueada en la alcoba. Pero alguien le puso la mano en la espalda, lo empujó hacia el

fondo del cuarto por una galería de rostros perplejos hasta el lugar donde se

encontraban —profundas y dilatadas— las fosas nasales del muerto.

Allí estaba la madre espantando las moscas del ataúd con un abanico de palmas

trenzadas. Otras mujeres vestidas de negro contemplaban el cadáver con la misma

expresión con que se mira la corriente de un río. De pronto empezó una voz en el

fondo del cuarto. El coronel hizo de lado a una mujer, encontró de perfil a la madre

del muerto, y le puso una mano en el hombro. Apretó los dientes.

—Mi sentido pésame —dijo.

Ella no volvió la cabeza. Abrió la boca y lanzó un aullido. El coronel se

sobresaltó. Se sintió empujado contra el cadáver por una masa deforme que estalló en

un vibrante alarido. Buscó apoyo con las manos pero no encontró la pared. Había

otros cuerpos en su lugar. Alguien dijo junto a, su oído, despacio, con una voz muy

tierna: “Cuidado, coronel”. Volteó la cabeza y se encontró con el muerto. Pero no lo

reconoció porque era duro y dinámico y parecía tan desconcertado como él envuelto

en trapos blancos y con el cornetín en las manos. Cuando levantó la cabeza,para

buscar el aire por en cima de los gritos vio la caja tapada dando tumbos hacia la

puerta por una pendiente de flores que se despedazaban contra las paredes. Sudó.'Le

dolían las articulaciones. Un momento después supo que estaba en la calle porque la

llovizna le maltrató los párpados y alguien lo agarró por el brazo y le dijo:

—Apúrese, compadre, lo estaba esperando.

Era don Sabas, el padrino de su hijo muerto, el único dirigente de su partido que

escapó a la persecución política y continuaba viviendo en el pueblo. “Gracias,

compadre”, dijo el coronel, y caminó en silencio bajo el paraguas. La banda inició la

marcha fúnebre. El coronel advirtió la falta de un cobre y por primera vez tuvo la

certidumbre de que el muerto estaba muerto.

—El pobre —murmuró.

Don Sabas carraspeo. Sostenía el paraguas con la mano izquierda, el mango casi

a la altura de la cabeza pues era más bajo que el coronel. Los hombres empezaron a

conversar cuando el cortejo abandonó la plaza. Don Sabas volvió entonces hacia el

coronel su rostro desconsolado, y dijo:

—Compadre, qué hay del gallo.

—Ahí está el gallo —respondió el coronel.

En ese instante se oyó un grito:

—¿A dónde van con ese muerto?

El coronel levantó la vista. Vio al alcalde en el balcón del cuartel en una actitud

discursiva. Estaba en calzoncillos y franela, hinchada la mejilla sin afeitar. Los

músicos suspendieron la marcha fúnebre. Un momento después el coronel reconoció

la voz del padre Angel conversando a gritos con el alcalde. Descifró el diálogo a través

de la crepitación de la lluvia sobre los paraguas.

—¿Entonces? —preguntó don Sabas.

—Entonces nada —respondió el coronel—. Que el entierro no puede pasar frente

al cuartel de la policía.

—Se me había olvidado —exclamó don Sabas—. Siempre se me olvida que

estamos en estado de sitio.

—Pero esto no es una insurrección —dijo el coronel—. Es un pobre músico

muerto.

El cortejo cambió de sentido. En los barrios bajos las mujeres lo vieron pasar

mordiéndose las uñas en silencio. Pero después salieron al medio de la calle y

lanzaron gritos de alabanzas, de gratitud y despedida, como si creyeran que el muerto

las escuchaba dentro del ataúd. El coronel se sintió mal en el cementerio. Cuando don

Sabas lo empujó hacia la pared para dar paso a los hombres que transportaban al

muerto, volvió su cara sonriente hacia él, pero se encontró con un rostro duro.

—Qué le pasa, compadre —preguntó.

El coronel suspiró.

—Es octubre, compadre.

Regresaron por la misma calle. Habia escampado. El cielo se hizo profundo, de

un azul intenso. “Ya no llueve más, pensó el coronel, y se sintió mejor, pero continuó

absorto. Don Sabas lo interrumpió.

—Compadre, hágase ver del médico.

—No estoy enfermo —dijo el coronel—. Lo que pasa es que en octubre siento

como si tuviera animales en las tripas.

“Ah”, hizo don Sabas. Y se despidió en la puerta de su casa un edificio nuevo de

dos pisos, con ventanas de hierro forjado. El coronel se dirigió a la suya desesperado

por abandonar el traje de ceremonias. Volvió a salir un momento después a comprar

en la tienda de la esquina un tarro de café y media libra de maíz para el gallo.

El coronel se ocupó del gallo a pesar de que el jueves habría preferido

permanecer en la hamaca. No escampó en varios días. En el curso de la semana

reventó la flora de sus vísceras. Pasó varias noches en vela, atormentado por los

silbidos pulmonares de la asmática. Pero octubre concedió una tregua el viernes en la

tarde. Los compañeros de Agustín —oficiales de sastrería, como lo fue él, y fanáticos

de la gallera — aprovecharon la ocasión para examinar el gallo. Estaba en forma.

El coronel volvió al cuarto cuando quedó solo en la casa con su mujer. Ella había

reaccionado.

—Qué dicen —preguntó.

—Entusiasmados —informó el coronel—. Todos están ahorrando para apostarle

al gallo.

—No sé qué le han visto a ese gallo tan feo —dijo la mujer—. A mí me parece un

fenómeno: tiene la cabeza muy chiquita para las patas.

—Ellos dicen que es el mejor del Departamento —replicó el coronel—. Vale como

cincuenta pesos.

Tuvo la certeza de que ese argumento justificaba su determinación de conservar

el gallo, herencia del hijo acribillado nueve meses antes en la gallera, por distribuir

información clandestina. “Es una ilusión que cuesta caro”, dijo la mujer. “Cuando se

acabe el maíz tendremos que alimentarlo con nuestros higados”. El coronel se tomó

todo el tiempo para pensar mientras buscaba los pantalones de dril en el ropero.

—Es por pocos meses —dijo—. Ya se sabe con seguridad que hay peleas en enero.

Después podemos venderlo a mejor precio.

Los pantalones estaban sin planchar. La mujer los estiró sobre la hornilla con

dos planchas de hierro calentadas al carbón.

—Cuál es el apuro de salir a la calle —preguntó.

—El correo.

“Se me había olvidado que hoy es viernes”, comentó ella de regreso al cuarto. El

coronel estaba vestido pero sin los pantalones. Ella observó sus zapatos.

—Ya esos zapatos están de botar —dijo—. Sigue poniéndote los botines de charol.

El coronel se sintió desolado.

—Parecen zapatos de huérfano — protestó—. Cada vez que me los pongo me

siento fugado de un asilo.

—Nosotros somos huérfanos de nuestro hijo —dijo la mujer.

También esta vez lo persuadió. El coronel se dirigió al puerto antes de que

pitaran las lanchas. Botines de charol pantalón blanco sin correa y la camisa sin el

cuello postizo, cerrada arriba con el botón de cobre. Observó la maniobra de las

lanchas desde el almacén del sirio Moisés. Los viajeros descendieron estragados

después de ocho horas sin cambiar de posición. Los mismos de siempre: vendedores

ambulantes y la gente del pueblo que había viajado la semana anterior y regresaba a

la rutina. La última fue la lancha del correo. El coronel la vio atracar con una

angustiosa desazón. En el techo, amarrado a los tubos del vapor y protegido con tela

encerada, descubrió el saco del correo. Quince años de espera habían agudizado su

intuición. El gallo había agudizado su ansiedad. Desde el instante en que el

administrador de correos subió a la lancha, desató el saco y se lo echó a la espalda, el

coronel lo tuvo a la vista.

Lo persiguió por la calle paralela al puerto, un laberinto de almacenes y barracas

con mercancías de colores en exhibición. Cada vez que lo hacía, el coronel

experimentaba una ansiedad muy distinta pero tan apremiante como el terror. El

médico esperaba los periódicos,en la oficina de correos.

—Mi esposa le manda preguntar si en la casa le echaron agua caliente, doctor —

le dijo el coronel.

Era un médico joven con el cráneo cubierto de rizos charolados. Había algo

increíble en la perfección de su sistema dental. Se interesó por la salud de la

asmática. El coronel suministró una información detallada sin descuidar los

movimientos del administrador que distribuía las cartas en las casillas clasificadas.

Su indolente manera de actuar exasperaba al coronel.

El médico recibió la correspondencia con el paquete de los periódicos. Puso a un

lado los boletines de propaganda científica. Luego leyó superficialmente las cartas

personales. Mientras tanto, el administrador distribuyó el correo entre los

destinatarios presentes. El coronel observó la casilla que le correspondía en el

alfabeto. Una carta aérea de bordes azules aumentó la tensión de sus nervios.

El médico rompió el sello de los periódicos. Se informó de las noticias

destacadas mientras el coronel —fija la vista en su casilla — esperaba que el

administrador se detuviera frente a ella. Pero no lo hizo. El médico interrumpió la

lectura de los periódicos. Miró al coronel. Después miró al administrador sentado

frente a los instrumentos del telégrafo y después otra vez al coronel.

—Nos vamos —dijo.

El administrador no levantó la cabeza.

—Nada para el coronel —dijo. El coronel se sintió avergonzado.

—No esperaba nada —mintió. Volvió hacia el médico una mirada enteramente

infantil—. Yo no tengo quien me escriba.

Regresaron en silencio. El médico concentrado en los periódicos. El coronel con

su manera de andar habitual que parecía la de un hombre que desanda el camino

para buscar una moneda perdida. Era una tarde lúcida. Los almendros de la plaza

soltaban sus últimas hojas podridas. Empezaba a anochecer cuando llegaron a la

puerta del consultorio.

—Qué hay de noticias —preguntó el coronel.

El médico le dio varios periódicos.

—No se sabe —dijo—. Es difícil leer entre líneas lo que permite publicar la

censura.

El coronel leyó los titulares destacados. Noticias internacionales. Arriba, a

cuatro columnas, una crónica sobre la nacionalización del canal de Suez. La primera

página estaba casi completamente ocupada por las invitaciones a un entierro.

—No hay esperanza de elecciones —dijo el coronel.

—No sea ingenuo, coronel —dijo el médico—. Ya nosotros estamos muy grandes

para esperar al Mesías.

El coronel trató de devolverle los periódicos pero el médico se opuso.

—Lléveselos para su casa —dijo—. Los lee esta noche y me los devuelve mañana.

Un poco después de las siete sonaron en la torre las campanadas de la censura

cinematográfica. El padre Angel utilizaba ese medio para divulgar la calificación

moral de la película de acuerdo con la lista clasificada que recibía todos los meses por

correo. La esposa del coronel contó doce campanadas.

—Mala para todos —dijo—. Hace como un año que las películas son malas para

todos.

Bajó la tolda del mosquitero y murmuro: “El mundo está corrompido”. Plero el

coronel no hizo ningún comentario. Antes de acostarse amarró el gallo a la pata de la

cama. Cerró la casa y fúmigó insecticida en el dormitorio. Luego puso la lámpara en

el suelo, colgó la hamaca y se acostó a leer los periódicos.

Los leyó por orden cronológico y desde la primera página hasta la última,

incluso los avisos. A las once sonó el clarín del toque de queda. El coronel concluyó la

lectura media hora más tarde, abrió la puerta del patio hacia la noche impenetrable, y

orinó contra el horcón, acosado por los zancudos. Su esposa estaba despierta cuando

él regresó al cuarto.

—No dicen nada de los veteranos —preguntó.

—Nada —dijo el coronel. Apagó la lámpara antes de meterse en la hamaca—. Al

principio por lo menos publicaban la lista de los nuevos pensionados.

—Pero hace como cinco años que no dicen nada.

Llovió después de la medianoche. El coronel concilió el sueño pero despertó un

momento después alarmado por sus intestinos. Descubrió una gotera en algún lugar

de la casa. Envuelto en una manta de lana hasta la cabeza trató de localizar la gotera

en la oscuridad. Un hilo de sudor helado resbaló por su columna vertebral. Tenía

fiebre. Se sintió flotando en círculos concéntricos dentro de un estanque de gelatina.

Alguien habló. El coronel respondió desde su catre de revolucionario.

—Con quién hablas —preguntó la mujer.

—Con el inglés disfrazado de tigre que apareció en el campamento del coronel

Aureliano Buendía —respondió el coronel. Se revolvió en la hamaca, hirviendo en la

fiebre—. Era el duque de Marlborough.

Amaneció estragado. Al segundo toque para misa saltó de la hamaca y se instaló

en una realidad turbia alborotada por el canto del gallo. Su cabeza giraba todavía en

círculos concéntricos. Sintió náuseas. Salió al patio y se dirigió al excusado a través

del minucioso cuchicheo y los sombríos olores del invierno. El interior del cuartito de

madera con techo de zinc estaba enrarecido por el vapor amoniacal del bacinete.

Cuando el coronel levantó la tapa surgió del pozo un vaho de moscas triangulares.

Era una falsa alarma. Acuclillado en la plataforma de tablas sin cepillar

experimentó la desazón del anhelo frustrado. El apremio fue sustituido por un dolor

sordo en el tubo digestivo. “No hay duda”, murmuró. “Siempre me sucede lo mismo

en octubre”. Y asumió su actitud de confiada e inocente expectativa hasta cuando se

apaciguaron los hongos de sus vísceras. Entonces volvió al cuarto por el gallo.

—Anoche estabas delirando de fiebre —dijo la mujer.

Había comenzado a poner orden en el cuarto, repuesta de una semana de crisis.

El coronel hizo un esfuerzo para recordar.

—No era fiebre —mintió—. Era otra vez el sueño de las telarañas.

Como ocurría siempre, la mujer surgió excitada de la crisis. En el curso de la

mañana volteó la casa al revés. Cambió el lugar de cada cosa, salvo el reloj y el cuadro

de la ninfa. Era tan menuda y elástica que cuando transitaba con sus babuchas de

pana y su traje negro enteramente cerrado parecía tener la virtud de pasar a través de

las paredes. Pero antes de las doce había recobrado su densidad, su peso humano. En

la cama era un vacío. Ahora, moviéndose entre los tiestos de helechos y begonias, su

presencia desbordaba la casa. "Si Agustín tuviera su año me pondría a cantar", dijo,

mientras revolvía la olla donde hervían cortadas en trozos todas las cosas de comer

que la tierra del trópico es capaz de producir.

—Si tienes ganas de cantar, canta —dijo el coronel—. Esto es bueno para la bilis.

El médico vino después del almuerzo. El coronel y su esposa tomaban café en la

cocina cuando él empujó la puerta de la calle y gritó:

—Se murieron los enfermos.

El coronel se levantó a recibirlo.

—Así es doctor, —dijo dirigiéndose a la sala—. Yo siempre he dicho que su reloj

anda con el de los gallinazos.

La mujer fue al cuarto a prepararse para el examen. El médico permaneció en la

sala con el coronel. A pesar del calor su traje de lino intachable exhalaba un hálito de

frescura. Cuando la mujer anunció que estaba preparada, el médico entregó al

coronel tres pliegos dentro de un sobre. Entró al cuartel, diciendo: “Es lo que nos

decían los periódicos de ayer”.

El coronel lo suponía. Era una síntesis de los últimos acontecimientos

nacionales impresa en mimeógrafo para la circulación clandestina. Revelaciones

sobre el estado de la resistencia armada en el interior del país. Se sintió demolido.

Diez años de informaciones clandestinas no le habían enseñado que ninguna noticia

era más sorprendente que la del mes entrante. Había terminado de leer cuando el

médico volvió a la sala.

—Esta paciente está mejor que yo —dijo—. Con un asma como ésa yo estaría

preparado para vivir cien años.

El coronel lo miró sombríamente. Le devolvió el sobre sin pronunciar una

palabra, pero el médico lo rechazó.

—Hágala circular —dijo en voz baja.

El coronel guardó el sobre en el bolsillo del pantalón. La mujer salió del cuarto

diciendo: “Un día de éstos me muero y me lo llevo a los infiernos, doctor”. El médico

respondió en silencio con el estereotipado esmalte de sus dientes. Rodó una silla

hacia la mesita y extrajo del maletín varios frascos de muestras gratuitas. La mujer

pasó de largo hacia la cocina.

—Espérese y le caliento café.

—No, muchas gracias —dijo el médico. Escribió la dosis en una hoja del

formulario—. Le niego rotundamente la oportunidad de envenenarme.

Ella rió en la cocina. Cuando acabó de escribir, el médico leyó la fórmula en voz

alta pues tenía conciencia de que nadie podía descifrar su escritura. El coronel trató

de concentrar la atención. De regreso a la cocina la mujer descubrió en su rostro los

estragos de la noche anterior.

—Esta madrugada tuvo fiebre —dijo, refiriéndose a su marido—. Estuvo como

dos horas diciendo disparates de la guerra civil.

El coronel se sobresaltó.

“No era fiebre”, insistió, recobrando su compostura. “Además —dijo— el día que

me sienta mal no me pongo en manos de nadie. Me boto yo mismo en el cajón de la

basura”.

Fue al cuarto a buscar los periódicos.

—Gracias por la flor —dijo el médico.

Caminaron juntos hacia la plaza. El aire estaba seco. El betún de las calles

empezaba a fundirse con el calor. Cuando el médico se despidió, el coronel le

preguntó en voz baja, con los dientes apretados:

—Cuánto le debemos, doctor.

—Por ahora nada —dijo el médico, y le dio una palmadita en la espalda—. Ya le

pasaré una cuenta gorda cuando gane el gallo.

El coronel se dirigió a la sastrería a llevar la carta clandestina a los compañeros

de Agustín. Era su único refugio desde cuando sus copartidarios fue ron muertos o

expulsados del pueblo, y él quedó convertido en un hombre solo sin otra ocupación

que esperar el correo todos los viernes.

El calor de la tarde estimuló el dinamismo de la muerte. Sentada entre las

begonias del corredor junto a una caja de ropa inservible, hizo otra vez el eterno

milagro de sacar prendas nuevas de la nada. Hizo cuellos de mangas y pufíos de tela

de la espalda y remiendos cuadrados, perfectos, aun con retazos de diferente color.

Una cigarra instalo su pito en el patio. El sol maduró. Pero ella no lo vio agonizar

sobre las begonias. Sólo levantó la cabeza al anochecer cuando el coronel se volvió a

la casa. Entonces se apretó el cuello con las dos manos, se desajustó las coyunturas;

dijo: “Tengo el cerebro tieso como un palo”.

—Siempre lo has tenido asi —dijo el coronel, pero luego observó el cuerpo de la

mujer enteramente cubierto de retazos de colores—. Pareces un pájaro carpintero.

—Hay que ser medio carpintero para vestirte —dijo ella. Extendió una camisa

fabricada con género de tres colores diferentes, salvo el cuello y los puños que eran

del mismo color—. En los carnavales te bastará con quitarte el saco.

La interrumpieron las campanadas de las seis. “El ángel del Señor anunció a

María, rezó en voz alta, dirigiéndose con la ropa al dormitorio. El coronel conversó

con los niños que al salir de la escuela habían ido a contemplar el gallo. Luego

recordó que no había maíz para el día siguiente y entró al dormitorio a pedir dinero a

su mujer.

—Creo que ya no quedan sino cincuenta centavos —dijo ella.

Guardaba el dinero bajo la estera de la cama, anudado en la punta de un

pañuelo. Era el producto de la maquina de coser de Agustín. Durante nueve meses

habían gastado ese dinero centavo a centavo, repartiéndolo entre sus propias

necesidades y las necesidades del gallo. Ahora sólo había dos monedas de a veinte y

una de a diez centavos.

—Compras una libra de maíz —dijo la mujer—. Compras con los vueltos el café

de mañana y cuatro onzas de queso.

—Y un elefante dorado para colgarlo en la puerta —prosiguió el coronel—. Sólo

el maíz cuesta cuarenta y dos.

Pensaron un momento.

“El gallo es un animal y por lo mismo puede esperar”, dijo la mujer inicialmente.

Pero la expresión de su marido la obligó a reflexionar. El coronel se sentó en la cama,

los codos apoyados en las rodillas, haciendo sonar las monedas entre las manos. “No

es por mí”, dijo al cabo de un momento. "Si de mí dependiera haría esta misma noche

un sancocho de gallo. Debe ser muy buena una indigestión de cincuenta pesos”. Hizo

una pausa para destripar un zancudo en el cuello. Luego siguió a su mujer con la

mirada alrededor del cuarto.

—Lo que me preocupa es que esos pobres muchachos están ahorrando.

Entonces ella empezó a pensar. Dio una vuelta completa con la bomba de

insecticida. El coronel descubrió algo de irreal en su actitud, como si estuviera

convocando para consultarlos a los espíritus de la casa. Por último puso la bomba

sobre el altarcillo de litografías y fijó sus ojos de color de almíbar en los ojos color de

almíbar del coronel.

—Compra el maíz —dijo—. Ya sabrá Dios cómo hacemos nosotros para

arreglarnos.

“Este es el milagro de la multiplicación de los panes”, repitió el coronel cada vez

que se sentaron a la mesa en el curso de la semana siguiente. Con su asombrosa

habilidad para componer, zurcir y remendar, ella parecía haber descubierto la clave

para sostener la economía doméstica en el vacío. Octubre prolongó la tregua. La

humedad fue sustituida por el sopor. Reconfortada por el sol de cobre la mujer

destinó tres tardes a su laborioso peinado. “Ahora empieza la misa cantada”, dijo el

coronel la tarde en que ella desenredó las largas hebras azules con un peine de

dientes separados. La segunda tarde, sentada en el patio con una sábana blanca en el

regazo, utilizó un peine más fino para sacar los piojos que habían proliferado durante

la crisis. Por último se lavó la cabeza con agua de alhucema, esperó a que secara, y se

enrolló el cabello en la nuca en dos vueltas sostenidas con una peineta. El coronel

esperó. De noche, desvelado en la hamaca, sufrió muchas horas por la suerte del

gallo. Pero el miércoles lo pesaron y estaba en forma.

Esa misma tarde, cuando los compañeros de Agustín abandonaron la casa

haciendo cuentas alegres sobre la victoria del gallo, también el coronel se sintió en

forma. La mujer le cortó el cabello. “Me has quitado veinte años de encima”, dijo él,

examinándose la cabeza con las manos. La mujer pensó que su marido tenía razón.

—Cuando estoy bien soy capaz de resucitar un muerto —dijo.

Pero su convicción duró muy pocas horas. Ya no quedaba en la casa nada que

vender, salvo el reloj y el cuadro. El jueves en la noche, en el último extremo de los

recursos, la mujer manifestó su inquietud ante la situación.

—No te preocupes —la consoló el coronel—. Mañana viene el correo.

Al día siguiente esperó las lanchas frente al consultorio del médico.

—El avión es una cosa maravillosa —dijo el coronel, los ojos apoyados en el saco

del correo—. Dicen que puede llegar a Europa en una noche.

“Así es”, dijo el médico, abanicándose con una revista ilustrada. El coronel

descubrió al administrador postal en un grupo que esperaba el final de la maniobra

para saltar a la lancha. Saltó el primero. Recibió del capitán un sobre lacrado.

Después subió al techo. El saco del correo estaba amarrado entre dos tambores de

petróleo.

—Pero no deja de tener sus peligros —dijo el coronel. Perdió de vista al

administrador, pero lo recobró entre los frascos de colores del carrito de refrescos—.

La humanidad no progresa de balde.

—En la actualidad es más seguro que una lancha —dijo el médico—. A veinte mil

pies de altura se vuela por encima de las tempestades.

—Veinte mil pies —repitió el coronel, perplejo, sin concebir la noción de la cifra.

El médico se interesó. Estiró la revista con las dos manos hasta lograr una

inmovilidad absoluta.

—Hay una estabilidad perfecta —dijo.

Pero el coronel estaba pendiente del administrador. Lo vio consumir un refresco

de espuma rosada sosteniendo el vaso con la mano izquierda. Sostenía con la derecha

el saco del correo.

—Además, en el mar hay barcos anclados en permanente contacto con los

aviones nocturnos —siguió diciendo el médico—. Con tantas precauciones es más

seguro que una lancha.

El coronel lo miró.

—Por supuesto —dijo—. Debe ser como las alfombras.

El administrador se dirigió directamente hacia ellos. El coronel retrocedió

impulsado por una ansiedad irresistible tratando de descifrar el nombre escrito en el

sobre lacrado. El administrador abrió el saco. Entregó al médico el paquete de los

periódicos. Luego desgarró el sobre de la correspondencia privada, verificó la

exactitud de la remesa y leyó en las cartas los nombres de los destinatarios. El médico

abrió los periódicos.

—Todavía el problema de Suez —dijo, leyendo los titulares destacados—. El

occidente pierde terreno.

El coronel no leyó los titulares. Hizo un esfuerzo para reaccionar contra su

estómago. “Desde que hay censura los periódicos no hablan sino de Europa”, dijo.

“Lo mejor será que los europeos se vengan para acá y que nosotros nos vayamos para

Europa. Así sabrá todo el mundo lo que pasa en su respectivo país”.

—Para los europeos América del Sur es un hombre de bigotes, con una guitarra y

un revólver —dijo el médico, riendo sobre el periódico—. No entienden el problema.

El administrador le entregó la correspondencia. Metió el resto en el saco y lo

volvió a cerrar. El médico se dispuso a leer dos cartas personales. Pero antes de

romper los sobres miró al coronel. Luego miró al administrador.

—¿Nada para el coronel?

El coronel sintió el terror. El administrador se echó el saco al hombro, bajó el

andén y respondió sin volver la cabeza:

—El coronel no tiene quien le escriba.

Contrariando su costumbre no se dirigió directamente a la casa. Tomó café en la

sastrería mientras los compañeros de Agustín hojeaban los periódicos. Se sentía

defraudado. Habría preferido permanecer allí hasta el viernes siguiente para no

presentarse esa noche ante su mujer con las manos vacías. Pero cuando cerraron la

sastrería tuvo que hacerle frente a la realidad. La mujer lo esperaba.

—Nada —preguntó.

—Nada —respondió el coronel.

El viernes siguiente volvió a las lanchas. Y como todos los viernes regresó a su

casa sin la carta esperada. “Ya hemos cumplido con esperar”, le dijo esa noche su

mujer. “Se necesita tener esa paciencia de buey que tú tienes para esperar una carta

durante quince años”. El coronel se metió en la hamaca a leer los periódicos.

—Hay que esperar el turno —dijo—. Nuestro número es el mil ochocientos

veintitrés.

—Desde que estamos esperando, ese número ha salido dos veces en la lotería —

replicó la mujer.

El coronel leyó, como siempre, desde la primera página hasta la última, incluso

los avisos. Pero esta vez no se concentró. Durante la lectura pensó en su pensión de

veterano. Diecinueve años antes, cuando el congreso promulgó la ley, se inició un

proceso de justificación que duró ocho años. Luego necesitó seis años más para

hacerse incluir en el escalafón. Ésa fue la última carta que recibió el coronel.

Terminó después del toque de queda. Cuando iba a apagar la lámpara cayó en la

cuenta de que su mujer estaba despierta.

—¿Tienes todavía aquel recorte?

La mujer pensó.

—Sí. Debe estar con los otros papeles.

Salió del mosquitero y extrajo del armario un cofre de madera con un paquete de

cartas ordenadas por las fechas y aseguradas con una cinta elástica. Localizó un

anuncio de una agencia de abogados que se comprometía a una gestión activa de las

pensiones de guerra.

—Desde que estoy con el tema de que cambies de abogado ya hubiéramos tenido

tiempo hasta de gastarnos la plata —dijo la mujer, entregando a su marido el recorte

del periódico—. Nada sacamos con que nos la metan en el cajón como a los indios.

El coronel leyó el recorte fechado dos años antes. Lo guardó en el bolsillo de la

camisa colgada detrás de la puerta.

—Lo malo es que para el cambio de abogado necesito dinero.

—Nada de eso —decidió la mujer Se les escribe diciendo que descuenten lo que

sea de la misma pensión cuando la cobren. Es la única manera de que se interesen en

el asunto.

Así que el sábado en la tarde el coronel fue a visitar a su abogado. Lo encontró

tendido a la bartola en una hamaca. Era un negro monumental sin nada más que los

dos colmillos en la mandíbula superior. Metió los pies en unas pantuflas con suelas

de madera y abrió la ventana del despacho sobre una polvorienta pianola con papeles

embutidos en los espacios de los rollos: recortes del “Diario Oficial” pegados con

goma en viejos cuadernos de contabilidad y una colección salteada de los boletines de

la contraloría. La pianola sin teclas servía al mismo tiempo de escritorio. El coronel

expuso su inquietud antes de revelar el propósito de su visita.

“Yo le advertí que la cosa no era de un día para el otro”, dijo el abogado en una

pausa del coronel. Estaba aplastado por el calor. Forzó hacia atrás los resortes de la

silla y se abanicó con un cartón de propaganda.

—Mis agentes me escriben con frecuencia diciendo que no hay que desesperarse.

—Es lo mismo desde hace quince años —replicó el coronel—. Esto empieza a

parecerse al cuento del gallo capón.

El abogado hizo una descripción muy gráfica de los vericuetos administrativos.

La silla era demasiado estrecha para sus nalgas otoñales. “Hace quince años era más

fácil”, dijo. “Entonces existía la asociación municipal de veteranos compuesta por

elementos de los dos partidos”. Se llenó los pulmones de un aire abrasante y

pronunció la sentencia como si acabara de inventarla.

—La unión hace la fuerza.

—En este caso no la hizo —dijo el coronel, por primera vez dándose cuenta de su

soledad—. Todos mis compañeros se murieron esperando el correo.

El abogado no se alteró.

—La ley fue promulgada demasiado tarde —dijo—. No todos tuvieron la suerte

de usted que fue coronel a los veinte años. Además no se incluyó una partida especial,

de manera que el gobierno ha tenido que hacer remiendes en el presupuesto.

Siempre la misma historia. Cada vez que el coronel la escuchaba padecía un

sordo resentimiento. “Esto no es una limosna”, dijo. “No se trata de hacernos un

favor. Nosotros nos rompimos el cuero para salvar la república”. El abogado se abrió

de brazos.

—Así es, coronel —dijo—. La integridad humana no tiene límites.

También esa historia la conocía el coronel. Había empezado a escucharla al día

siguiente del tratado de Neerlandia cuando el gobierno prometió auxilios de viajes e

indemnizaciones a doscientos oficiales de la revolución. Acampado en torno a la

gigantesca ceiba de Neerlandia un batallón revolucionario compuesto en gran parte

por adolescentes fugados de la escuela, esperó durante tres meses. Luego regresaron

a sus casas por sus propios medios y allí siguieron esperando. Casi sesenta años

después todavía el coronel esperaba. Excitado por los recuerdos asumió una actitud

trascendental. Apoyó en el hueso del muslo la mano derecha —puros huesos cosidos

con fibras nerviosas— y murmuró:

—Pues yo he decidido tomar una determinación.

El abogado quedó en suspenso.

—¿Es decir?

—Cambio de abogado.

Una pata seguida de varios patitos amarillos entró al despacho. El abogado se

incorporó para hacerla salir. “Como usted diga, coronel”, dijo, espantando los

animales. “Será como usted diga. Si yo pudiera hacer milagros no estaria viviendo en

este corral”. Puso una verja de madera en la puerta del patio y regresó a la silla.

—Mi hijo trabajó toda su vida —dijo el coronel—. Mi casa está hipotecada. La ley

de jubilaciones ha sido una pensión vitalicia para los abogados.

—Para mí no —protestó el abogado—. Hasta el último centavo se ha gastado en

diligencias.

El coronel sufrió con la idea de haber sido injusto.

—Eso es lo que quise decir —corrigió. Se secó la frente con la manga de la

camisa—. Con este calor se oxidan las tuercas de la cabeza.

Un momento después el abogado revolvió el despacho en busca del poder. El sol

avanzó hacia el centro de la escueta habitación construida con tablas sin cepillar.

Después de buscar inútilmente por todas partes, el abogado se puso a gatas, bufando,

y cogió un rollo de papeles bajo la pianola.

—Aqui está.

Entregó al coronel una hoja de papel sellado. “Tengo que escribirles a mis

agentes para que anulen las copias”, concluyó. El coronel sacudió el polvo y se guardó

la hoja en el bolsillo de la camisa.

—Rómpala usted mismo —dijo el abogado.

“No”, respondió el coronel. “Son veinte años de recuerdos”. Y esperó a que el

abogado siguiera buscando. Pero no lo hizo. Fue hasta la hamaca a secarse el sudor.

Desde allí miró al coronel a través de una atmósfera reverberante.

—También necesito los documentos —dijo el coronel.

—Cuáles.

—La justificación.

El abogado se abrió de brazos.

—Eso sí que será imposible, coronel.

El coronel se alarmó. Como tesorero de la revolución en la circunscripción de

Macondo había realizado un penoso viaje de seis días con los fondos de la guerra civil

en dos baúles amarrados al lomo de una mula. Llegó al campamento de Neerlandia

arrastrando la mula muerta de hambre media hora antes de que se firmara el tratado.

El coronel Aureliano Buendía —intendente general de las fuerzas revolucionarias en

el litoral Atlántico— extendió el recibo de los fondos e incluyó dos baúles en el

inventario de la rendición.

—Son documentos de un valor incalculable —dijo el coronel—. Hay un recibo

escrito de su puño y letra del coronel Aureliano Buendía.

—De acuerdo —dijo el abogado—. Pero esos documentos han pasado por miles y

miles de manos en miles y miles de oficinas hasta llegar a quién sabe qué

departamentos del ministerio de guerra.

—Unos documentos de esa índole no pueden pasar inadvertidas para ningún

funcionario —dijo el coronel.

—Pero en los últimos quince aiios han cambiado muchas veces los funcionarios

—precisó el abogado—. Piense usted que ha habido siete presidentes y que cada

presidente cambió por lo menos diez veces su gabinete y que cada ministro cambió

sus empleados por lo menos cien veces.

—Pero nadie pudo llevarse los documentos para su casa —dijo el coronel—. Cada

nuevo funcionario debió encontrarlos en su sitio.

El abogado se desesperó.

—Además, si esos papeles salen ahra del ministerio tendrán que someterse a un

nuevo turno para el escalafón.

—No importa —dijo el coronel.

—Será cuestión de siglos.

—No importa. El que espera lo mucho espera lo poco.

Llevó a la mesita de la sala un bloc de papel rayado, la pluma, el tintero y una

hoja de papel secante, y dejó abierta la puerta del cuarto por si tenía que con sultar

con su mujer. Ella rezó el rosario.

—¿A cómo estamos hoy?

—27 de octubre.

Escribió con una compostura aplicada, puesta la mano con la pluma en la hoja

de papel secante, recta la columna vertebral para favorecer la respiración, como le

enseñaron en la escuela. El calor se hizo insoportable en la sala cerrada. Una gota de

sudor cayó en la carta. El coronel la recogió en el papel secante. Después trató de

raspar las palabras disueltas, pero hizo un borrón.

No se desesperó. Escribió una llamada y anotó al margen: “derechos

adquiridos”. Luego leyó todo el párrafo.

—¿Qué día me incluyeron en el escalafón?

La mujer no interrumpió la oración para pensar.

—12 de agosto de 1949.

Un momento después empezó a llover. El coronel llenó una hoja de garabatos

grandes, un poco infantiles, los mismos que le enseñaron en la escuela pública de

Manaure. Luego una segunda hoja hasta la mitad, y firmó.

Leyó la carta a su mujer. Ella aprobó cada frase con la cabeza. Cuando terminó la

lectura el coronel cerró el sobre y apagó la lámpara.

—Puedes decirle a alguien que te la saque a máquina.

—No —respondió el coronel—. Ya estoy cansado de andar pidiendo favores.

Durante media hora sintió la lluvia contra las palmas del techo. El pueblo se

hundió en el diluvio. Después del toque de queda empezó la gota en algún lugar de la

casa. —Esto se ha debido hacer desde hace mucho tiempo —dijo la mujer—. Siempre

es mejor entenderse directamente.

—Nunca es demasiado tarde —dijo el coronel, pendiente de la gotera—. Pueda

ser que todo esté resuelto cuando se cumpla la hipoteca de la casa.

—Faltan dos años —dijo la mujer.

Él encendió la lámpara para localizar la gotera en la sala. Puso debajo el tarro

del gallo y regresó al dormitorio perseguido por el ruido metálico del agua en la lata

vacía.

—Es posible que por el interés de ganarse la plata lo resuelvan antes de enero —

dijo, y se convenció a sí mismo—. Para entonces Agustín habrá cumplido su año y

podremos ir al cine.

Ella rió en voz baja. “Ya ni siquiera me acuerdo de los monicongos”, dijo. El

coronel trató de verla a través del mosquitero.

—¿Cuándo fuiste al cine por última vez?

—En 1931 —dijo ella—. Daban “La voluntad del muerto”.

—¿Hubo puños?

—No se supo nunca. El aguacero se desgajó cuando el fantasma trataba de

robarle el collar a la muchacha.

Los durmió el rumor de la lluvia. El coronel sintió un ligero malestar en los

intestinos. Pero no se alarmó. Estaba a punto de sobrevivir a un nuevo octubre. Se

envolvió en una manta de lana y por un momento percibió la pedregosa respiración

de la mujer —remota— navegando en otro sueño. Entonces habló, perfectamente

consciente.

La mujer despertó.

—¿Con quién hablas?

—Con nadie —dijo el coronel—. Estaba pensando que en la reunión de Macondo

tuvimos razón cuando le dijimos al coronel Aureliano Buendía que no se rindiera. Eso

fue lo que echó a perder el mundo.

Llovió toda la semana. El dos de noviembre —contra la voluntad del coronel—, la

mujer llevó flores a la tumba de Agustín. Volvió del cementerio con una nueva crisis.

Fue una semana dura. Más dura que las cuatro semanas de octubre a las cuales el

coronel no creyó sobrevivir. El médico estuvo a ver a la enferma y salió de la pieza

gritando: “Con un asma como ésa yo estaría preparado para enterrar a todo el

pueblo”. Pero habló a solas con el coronel y prescribió un régimen especial.

También el coronel sufrió una recaída. Agonizó muchas horas en el excusado,

sudando hielo, sintiendo que se pudría y se caía a pedazos la flora de sus vísceras. “Es

el invierno”, se repitió sin desesperarse. “Todo será distinto cuando acabe de llover”.

Y lo creyó realmente, seguro de estar vivo en el momento en que llegara la carta.

A él le correspondió esta vez remendar la economía doméstica. Tuvo que apretar

los dientes muchas veces para solicitar crédito en las tiendas vecinas. “Es hasta la

semana entrante”, decía sin estar seguro él mismo de que era cierto. “Es una platita

que ha debido llegarme desde el viernes”. Cuando surgió de la crisis la mujer lo

reconoció con estupor.

—Estás en el hueso pelado —dijo.

—Me estoy cuidando para venderme —dijo el coronel—. Ya estoy encargado por

una fábrica de clarinetes.

Pero en realidad estaba apenas sostenido por la esperanza de la carta. Agotado,

los huesos molidos por la vigilia, no pudo ocuparse al mismo tiempo de sus

necesidades y del gallo. En la segunda quincena de noviembre creyó que el animal se

moriría después de dos días sin maíz. Entonces se acordó de un puñado de

habichuelas que había colgado en julio sobre la hornilla. Abrió las vainas y puso al

gallo un tarro de semillas secas.

—Ven acá —dijo.

—Un momento —respondió el coronel, observando la reacción del gallo—. A

buena hambre no hay mal pan.

Encontró a su esposa tratando de incorporarse de la cama. El cuerpo estragado

exhalaba un baho de hierbas medicinales. Ella pronunció las palabras, una a una, con

una precisión calculada:

—Sales inmediatamente de ese gallo.

El coronel había previsto aquel momento. Lo esperaba desde la tarde en que

acribillaron a su hijo y él decidió conservar el gallo. Había tenido tiempo de pensar.

—Ya no vale la pena —dijo—. Dentro de tres meses será la pelea y entonces

podremos venderlo a mejor precio.

—No es cuestión de plata —dijo la mujer—. Cuando vengan los muchachos, les

dices que se lo lleven y hagan con él lo que les dé la gana.

—Es por Agustín —dijo el coronel con un argumento previsto—. Imagínate la

cara con que hubiera venido a comunicarnos la victoria del gallo.

La mujer pensó efectivamente en su hijo.

“Esos malditos gallos fueron su perdición”, gritó. “Si el tres de enero se hubiera

quedado en la casa no lo hubiera sorprendido la mala hora”. Dirigió hacia la puerta

un índice escuálido y exclamó:

—Me parece que lo estuviera viendo cuando salió con el gallo debajo del brazo.

Le advertí que no fuera a buscar una mala hora en la gallera y él me mostró los

dientes y me dijo: “Cállate, que esta tarde nos vamos a podrir de plata”.

Cayó extenuada. El coronel la empujo suavemente hacia la almohada. Sus ojos

tropezaron con otros exactamente iguales a los suyos. “Trata de no moverte”, dijo,

sintiendo los silbidos dentro de sus propios pulmones. La mujer cayó en un sopor


PAGINE

42

PESO

202.44 KB

PUBBLICATO

+1 anno fa


DETTAGLI
Corso di laurea: Corso di laurea in lettere (BRESCIA - MILANO)
SSD:

I contenuti di questa pagina costituiscono rielaborazioni personali del Publisher valeria0186 di informazioni apprese con la frequenza delle lezioni di Lingua spagnola e studio autonomo di eventuali libri di riferimento in preparazione dell'esame finale o della tesi. Non devono intendersi come materiale ufficiale dell'università Cattolica del Sacro Cuore - Milano Unicatt o del prof Hernán-Gómez Prieto Beatriz.

Acquista con carta o conto PayPal

Scarica il file tutte le volte che vuoi

Paga con un conto PayPal per usufruire della garanzia Soddisfatto o rimborsato

Recensioni
Ti è piaciuto questo appunto? Valutalo!

Altri appunti di Lingua spagnola

Riassunto esame Lingua Spagnola, prof. Gomez, libro consigliato La Sonrisa Etrusca, Sampedro
Appunto
Riassunto esame Lingua Spagnola, prof. Gomez, libro consigliato Nessuno scrive al colonnello, Gabriel Garcà­a Marquez
Appunto
La sonrisa etrusca - analisi
Appunto
Riassunto esame Lingua Spagnola, prof. Gomez, libro consigliato Los Girasoles Ciegos, Mèndez
Appunto