Miguel de Unamuno
Oye mi ruego Tú, Dios que no existes,
y en tu nada recoge estas mis quejas,
Tú que a los pobres hombres nunca dejas
(senza cura dell’inganno)
sin consuelo de engaño . No resistes
(assisti) .
a nuestro ruego y nuestro anhelo vistes
Cuando Tú de mi mente más te alejas,
placido argomento)
(
más recuerdo las plácidas consejas
(del mio amore)
con que mi ama endulzóme noches tristes.
¡Qué grande eres, mi Dios! Eres tan grande
que no eres sino Idea; es muy angosta
(è troppo stretto questo spazio)
la realidad por mucho que se expande
(a contenerti)
para abarcarte . Sufro yo a tu costa,
Dios no existente, pues si Tú existieras
(sicuramente)
existiría yo también de veras .
La oración del ateo
En la obra de este escritor cumple un papel fundamental la figura de Dios, reflejando
en muchos de sus poemas las dudas que forman parte de nuestra vida diaria acerca
de la creencia en Dios. Unamuno se considera ateo no por no creer en Dios, sino por
dudar de su existencia. Sin embargo, en gran parte de su obra reconoce que por
mucho que la duda intente dominarlo una parte de él siempre será fiel a su Dios, y
que sin Él estaría perdido. Miguel de Unamuno plasma sus influencias
existencialistas. Este poema, responde a un tema en particular que el poeta se
planteó: la lucha entre razón y fe.
Unamuno inspiró los temas de sus obras en los conflictos interiores que sufre el
ser humano, trató de buscar y valorar el punto intermedio entre fe y razón,
reflexionó sobre la existencia de Dios, sobre el sentido de la religión, sobre la muerte
y sobre el paso del tiempo.
Y en este poema, sin ir más lejos, trata el tema de la existencia de Dios. Sus versos
representan la oración de un ateo. Se expresa como si de una persona que niega la
existencia de Dios se tratara: “Tú, Dios que no existes” (verso 1). Y emplea la segunda
persona del singular, con la que el sujeto (el ateo) habla paradójicamente con Dios,
que aunque ausente e inexistente, lo estará escuchando allá donde se halle.
El poema es un soneto, es decir, dos estrofas de cuatro versos y otras dos de tres
versos cada una; todos los versos son endecasílabos y la rima es la siguiente: ABBC
ABBC DED EFE.
Figuras retoricas
Contradicción: Unamuno empieza el poema con una contradicción, presenta
paradojas en el cuerpo del texto, y al fin se da cuenta de que el poema es una
aporía, es decir una percepción que se contradice a sí misma, pero de la que se
puede partir para conocer el universo, lo que es simbólico del problema del
humanismo. El ateo piensa que Dios no puede resolver de verdad los problemas
del mundo, y aun sugiere que su ama le ha dado más consuelo. Dice que Dios
es tan grande que no es “sino Idea.” Aunque no crea que Dios existe, le echa la
culpa por su sufrimiento.
Sinalefa: el poeta utilizo en las leyes métricas, la licencia poética sinalefa en
todos los versos menos en el verso 7 y 14. La sinalefa es el recurso que se
emplea en la métrica del verso para provocar la elisión o pérdida de una vocal o
grupo de vocales al principio o final de una palabra, cuando este al comienzo o
final se encuentra en contacto con el final o comienzo vocálico respectivamente
de otra palabra, a fin de disminuir el número de sílabas del verso.
Hiato: métrico en el verso 10, un hiato se refiere a la ruptura de una sinalefa
para aumentar el número de sílabas de un verso.
Hipérbole: el verso 9 y 10 nos encontramos con una palabra símil: ¡Qué
grande eres, mi Dios! Eres tan grande que no eres sino Idea; compara lo grande
que es con una idea, porque Dios es tan grande que solo podemos tener una
idea, también está la hipérbole: Eres tan grande, esta figura retórica la usa el
autor para mayor expresividad, tiene una alteración exagerada al decir “tan
grande”,
Paradoja: en el verso 1,2,12,13, Oye mi ruego Tú, Dios que no existes, verso 1,
y en tu nada recoge estas mis quejas, verso 2, Sufro yo a tu costa, Dios no
existente, verso 12 y 13; es una proposición de apariencia verdadera que con
lleva a una contradicción lógica.
Repetición: En el verso 1,9,13, repite la palabra “Dios”, en el verso 1,9 y 13,
en el verso 1,3,6 y 13 repite la palabra “tú”, en el verso 4 se repite la palabra
“nuestro”, y por último en el verso 9 se repite la palabra “grande”.
Reduplicación: es la reduplicación de dos o más veces de una palabra dentro
de la misma frase, tenemos en el verso 5 “a nuestro ruego u nuestro anhelo
vistes”, y en el verso 9; ¡Que grande eres, mi Dios! Eres tan grande que no eres
sino idea.
Según los datos biográficos de Unamuno sabemos a ciencia cierta que creía en Dios y
que era cristiano; aunque también sabemos que recibió ciertas críticas por parte de la
iglesia, quizás por escribir versos como estos que nos ocupan.
La finalidad del poeta es expresar que, así como tenemos que creer en Dios por fe y
no siempre de manera razonable, la existencia del ser humano es en igual grado
relativa.
La idea principal del soneto es La existencia o no de Dios; “oye mi ruego Tú, Dios
que no existes”, estas palabras son reflejadas en el primer verso, y en el segundo
verso, “y en tu nada recoge estas mis quejas”, Pues como Unamuno "no creía en Dios"
sus quejas y ruegos se los dedicaba a la nada.
1. En la primera estrofa el ateo está culpando a su dios inexistente de engañar
a los pobres, y le pide que escuche sus “quejas” acercándose irónicamente a
la forma real de las oraciones de los fieles: “acepta nuestras súplicas”.
2. En la segunda estrofa le dice que cuanto menos piensa en la idea de dios
más tranquilo se encuentra.
3. En la tercera estrofa vuelve a reconocer que Dios existe de manera
paradójica. Según la persona que habla, dios posee grandes dimensiones no
por su inmensidad u omnipotencia sino porque simplemente es una Idea, y
las ideas son grandes, pero no tienen necesariamente porqué existir. A lo
largo de su vida Unamuno intenta dar una explicación de la idea paradójica
de la inexistencia de Dios y la “imposibilidad racional” de creer en Él. De
esta manera en la tercera estrofa del poema La oración del ateo Unamuno
afirma que Dios es nada más que una Idea que el propio hombre ha creado
para dar una explicación sencilla al mundo que le rodea.
4. El final del poema es sorprendente, pues el infiel le confiesa a su dios – idea
que, si existiera realmente, él, el ateo, también estaría seguro de estar
existiendo.
Niebla tempesta
Aquella tempestad del alma de Augusto terminó, como en terrible
calma, en
decisión de suicidarse. Quería acabar consigo mismo, que era la fuente de sus
disgrazie progetto
desdichas propias. Mas antes de llevar a cabo su propósito , como
el náufrago aggrappa a un debole asse
que se agarra a una débil tabla , ocurriósele consultarlo
conmigo, con el autor
de todo este relato. Por entonces había leído Augusto un ensayo mío en que,
aunque de pasada, hablaba del suicidio, y tal impresión pareció hacerle, así
como otras cosas que de mí había leído, que no quiso dejar este mundo sin
conversato intraprese
haberme conocido y platicado un rato conmigo. Emprendió ,
pues, un viaje
acá, a Salamanca, donde hace más de veinte años vivo, para visitarme.
Cuando me anunciaron su visita sonreí enigmáticamente y le mandé pasar
a mi despacho-librería. Entró en él como un fantasma, miró a un retrato mío
al óleo que allí preside a los libros de mi librería, y a una seña mía se sentó,
frente a mí.
Empezó hablándome de mis trabajos literarios y más o menos filosóficos,
demostrando conocerlos bastante bien, lo que no dejó, ¡claro está!, de
lusingarmi
halagarme , y enseguida empezó a contarme su vida y sus desdichas.
Le atajé mettesse da parte
diciéndole que se ahorrase aquel trabajo, pues de las vicisitudes
de su vida
sabía yo tanto como él, y se lo demostré citándole los más íntimos
dettagli
pormenores
y los que él creía más secretos. Me miró con ojos de verdadero terror y como
quien mira a un ser increíble; creí notar que se le alteraba el color y traza del
traccia del volto
semblante y que hasta temblaba. Le tenía yo fascinado.
—¡Parece mentira!—repetía—¡parece mentira! A no verlo no lo creería... No
sé si estoy despierto o soñando...
—Ni despierto ni soñando—le contesté.
—No me lo explico... no me lo explico—añadió—; mas puesto que usted
parece saber sobre mí tanto como sé yo mismo, acaso adivine mi propósito
progetto ... tú
—Sí—le dije—, tú—y recalqué este con un tono autoritario—, tú,
oppresso
Abrumado por tus desgracias, has concebido la diabólica idea de
suicidarte, y
antes de hacerlo, movido por algo que has leído en uno de mis últimos
ensayos, vienes a consultármelo. tremava come un foglia
El pobre hombre temblaba como un azogado , mirándome
como un poseído
miraría. Intentó levantarse, acaso para huir de mí; no podía. No disponía de
sus fuerzas.
—¡No, no te muevas!—le ordené.
—Es que... es que...—balbuceó.
—Es que tú no puedes suicidarte, aunque lo quieras.
—¿Cómo?—exclamó al verse de tal modo negado y contradicho. Necessita, bisogno
—Sí. Para que uno se pueda matar a sí mismo, ¿qué es menester?
—le
pregunté.
—Que tenga valor para hacerlo—me contestó.
—No—le dije—, ¡que esté vivo!
—¡Desde luego!
—¡Y tú no estás vivo!
—¿Cómo que no estoy vivo? ¿es que me he muerto?—y empezó, sin darse
clara cuenta de lo que hacía, a palparse a sí mismo.
—¡No, hombre, no!—le repliqué—. Te dije antes que no estabas ni despierto
ni dormido, y ahora te digo que no estás ni muerto ni vivo.
—¡Acabe usted de explicarse de una vez, por Dios! ¡acabe de explicarse!—
me suplicó consternado—, porque son tales las cosas que estoy viendo y
oyendo esta tarde, que temo volverme loco.
ebbene
—Pues bien ; la verdad es, querido Augusto—le dije con la más dulce de
mis
voces—, que no puedes matarte porque no estás vivo, y que no estás vivo, ni
tampoco muerto, porque no existes...
—¿Cómo que no existo?—exclamó.
—No, no existes más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más
que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean
disgrazie
el relato que de tus fingidas venturas y malandanzas he escrito yo; tú no
eres nivola,
más que un personaje de novela, o de o como quieras llamarle. Ya
sabes, pues, tu secreto.
Al oir esto quedóse el pobre hombre mirándome un rato con una de esas
perforante, penetratrice
miradas perforadoras que parecen atravesar la mira e ir más
allá, miró luego
un momento a mi retrato al óleo que preside a mis libros, le volvió el color y el
aliento, fué recobrándose, se hizo dueño de sí, apoyó los codos en mi camilla
barella, lettiga , appogiato
a que estaba arrimado , frente a mí, y la cara en las palmas de las
manos, y
mirándome con una sonrisa en los ojos me dijo lentamente:
—Mire usted bien, don Miguel... no sea que esté usted equivocado y que
ocurra precisamente todo lo contrario de lo que usted se cree y me dice.
—Y ¿qué es lo contrario?—le pregunté alarmado de verle recobrar vida
propia. ente,
—No sea, mi querido don Miguel—añadió—, que sea usted y no yo el ente
essere
de ficción, el que no existe en realidad, ni vivo, ni muerto... No sea que usted
no pase de ser un pretexto para que mi historia llegue al mundo...
—¡Eso más faltaba!—exclamé algo molesto.
—No se exalte usted así, señor de Unamuno—me replicó—, tenga calma.
Usted ha manifestado dudas sobre mi existencia...
—Dudas no—le interrumpí—; certeza absoluta de que tú no existes fuera de
mi producción novelesca.
—Bueno, pues no se incomode tanto si yo a mi vez dudo de la existencia de
usted y no de la mía propia. Vamos a cuentas: ¿no ha sido usted el que no una
sino varias veces ha dicho que Don Quijote y Sancho son no ya tan reales, sino
más reales que Cervantes?
—No puedo negarlo, pero mi sentido al decir eso era...
—Bueno, dejémonos de esos sentires y vamos a otra cosa. Cuando un
hombre dormido e inerte en la cama sueña algo, ¿qué es lo que más existe, él
como conciencia que sueña o su sueño?
—¿Y si sueña que existe él mismo, el soñador?—le repliqué a mi vez.
—En ese caso, amigo don Miguel, le pregunté yo a mi vez, ¿de qué manera
existe él, como soñador que se sueña, o como soñado por sí mismo? Y fíjese,
además, en que al admitir esta discusión conmigo me reconoce ya existencia
independiente de sí.
—¡No, eso no! ¡eso no!—le dije vivamente—. Yo necesito discutir, sin
discusión no vivo y sin contradicción, y cuando no hay fuera de mí quien me
discuta y contradiga invento dentro de mí quien lo haga. Mis monólogos son
diálogos. forgia, crea
—Y acaso los diálogos que usted forje no sean más que monólogos...
—Puede ser. Pero te digo y repito que tú no existes fuera de mí...
—Y yo vuelvo a insinuarle a usted la idea de que es usted el que no existe
fuera de mí y de los demás personajes a quienes usted cree haber inventado.
Seguro estoy de que serían de mi opinión don Avito Carrascal y el gran don
Fulgencio...
—No mientes a ese... motteggi, prenda in giro
—Bueno, basta, no le moteje usted. Y vamos a ver, ¿qué opina
usted de mi
suicidio?
—Pues opino que como tú no existes más que en mi fantasía, te lo repito, y
como no debes ni puedes hacer sino lo que a mí me dé la gana, y como no me
da la real gana de que te suicides, no te suicidarás. ¡Lo dicho!
—Eso de no me da la real gana, señor de Unamuno, es muy español, pero
peregrina singolare, stravagante
es muy feo. Y además, aun suponiendo su peregrina
teoría de que yo no existo de veras y usted sí, de que yo no soy más que un
ente de ficción, producto de
nivolesca
la fantasía novelesca o de usted, aun en ese caso yo no debo estar
sometido a lo que llama usted su real gana, a su capricho. Hasta los llamados
entes de ficción tienen su lógica interna...
—Sí, conozco esa cantata.
—En efecto; un novelista, un dramaturgo, no pueden hacer en absoluto lo
di cui hanno voglia
que se les antoje de un personaje que creen; un ente de ficción
novelesca no
puede hacer, en buena ley de arte, lo que ningún lector esperaría que
hiciese...
—Un ser novelesco tal vez...
—¿Entonces? nivolesco...
—Pero un ser
—Dejemos esas bufonadas que me ofenden y me hieren en lo más vivo. Yo,
sea por mí mismo, según creo, sea porque usted me lo ha dado, según supone
usted, tengo mi carácter, mi modo de ser, mi lógica interior, y esta lógica me
pide que me suicide...
—¡Eso te creerás tú, pero te equivocas!
—A ver, ¿por qué me equivoco? ¿en qué me equivoco? Muéstreme usted en
qué está mi equivocación. Como la ciencia más difícil que hay es la de
conocerse uno a sí mismo, fácil es que esté yo equivocado y que no sea el
suicidio la solución más lógica de mis desventuras, pero demuéstremelo
usted. Porque si es difícil, amigo don Miguel, ese conocimiento propio o de sí
mismo, hay otro conocimiento que me parece no menos difícil que él...
—¿Cuál es?—le pregunté. furberia, scaltrezza
Me miró con una enigmática y socarrona sonrisa y lentamente me
dijo:
—Pues más difícil aún que el que uno se conozca a sí mismo es el que un
novelista o un autor dramático conozca bien a los personajes que finge o cree
fingir...
Empezaba yo a estar inquieto con estas salidas de Augusto, y a perder mi
paciencia.
—E insisto—añadió—en que aun concedido que usted me haya dado el
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