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Appunti inerenti l'esame di Spagnolo del prof. De Cesare riguardanti il giuramento completo in lingua originale, quindi spagnola, effettuato da Simón Bolívar a Roma il giorno 15 agosto 1805. Oltre al giuramento ci sono anche vari discorsi come il Congreso Anfictiónico de Panamá e altro ancora.

Esame di Spagnolo docente Prof. F. De Cesare

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religiosa de Inglaterra? Pues aun es más difícil adaptar en Venezuela las leyes de Norteamérica. ¿No dice el

Espíritu de las Leyes que éstas deben ser propias para el pueblo que se hacen? ¿Que es una gran casualidad que

las de una nación puedan convenir a otra? ¿Que las leyes deben ser relativas a lo físico del país, al clima, a la

calidad del terreno, a su situación, a su extensión, al género de vida de los pueblos? ¿Referirse al grado de

libertad que la Constitución puede sufrir, a la religión de los habitantes, a sus inclinaciones, a sus riquezas, a su

número, a su comercio, a sus costumbres, a sus modales? ¡He aquí el Código que debíamos consultar, y no el de

Washington!

La Constitución venezolana sin embargo de haber tomado sus bases de la más perfecta, si se atiende a la corrección de

los principios y a los efectos benéficos de su administración, difirió esencialmente de la americana en un punto cardinal

y, sin duda, el más importante. EL Congreso de Venezuela como el americano participa de algunas de las atribuciones

del Poder Ejecutivo. Nosotros, además, subdividimos este Poder habiéndolo sometido a un cuerpo colectivo sujeto, por

consiguiente, a los inconvenientes de hacer periódica la existencia del gobierno, de suspenderla y disolverla siempre

que se separan sus miembros. Nuestro triunvirato carece, por decirlo, de unidad, de continuación y de responsabilidad

individual; está privado de acción momentánea, de vida continua, de uniformidad real, de responsabilidad inmediata y

un gobierno que no posee cuanto constituye su moralidad, debe llamarse nulo.

Aunque las facultades del Presidente de los Estados Unidos están limitadas con restricciones excesivas, ejerce por sí

solo todas las funciones gubernativas que la Constitución le atribuye, y es indudable que su administración debe ser más

uniforme, constante y verdaderamente propia, que la de un poder diseminado entre varios individuos cuyo compuesto

no puede ser sernos menos que monstruoso.

El poder judicial en Venezuela es semejante al americano, indefinido en duración, temporal y no vitalicio, goza de toda

la independencia que le corresponde.

El Primer Congreso en su Constitución federal más consultó el espíritu de las provincias, que la idea sólida de formar

una República indivisible y central. Aquí cedieron nuestros legisladores al empeño inconsiderado de aquellos

provinciales seducidos por el deslumbrante brillo de la felicidad del pueblo americano, pensando que, las bendiciones

de que goza son debidas exclusivamente a la forma de gobierno y no al carácter y costumbres de los ciudadanos. Y, en

efecto, el ejemplo de los Estados Unidos, por su peregrina prosperidad, era demasiado lisonjero para que no fuese

seguido. ¿Quién puede resistir al atractivo victorioso del goce pleno y absoluto de la soberanía, de la independencia, de

la libertad? ¿Quién puede resistir al amor que inspira un gobierno inteligente que liga a un mismo tiempo, los derechos

particulares a los derechos generales; que forma de la voluntad común la ley suprema de la voluntad individual? ¿Quién

puede resistir al imperio de un gobierno bienhechor que con una mano hábil, activa, y poderosa dirige siempre, y en

todas partes, todos sus resortes hacia la perfección social, que es el fin único de las instituciones humanas?

Mas por halagüeño que parezca, y sea en efecto este magnifico sistema federativo, no era dado a los venezolanos

gozarlo repentinamente al salir de las cadenas. No estábamos preparados para tanto bien; el bien, como el mal,

da la muerte cuando es súbito y excesivo. Nuestra constitución moral no tenía todavía La consistencia necesaria

para recibir el beneficio de un gobierno completamente representativo, y tan sublime que podía ser adaptado a

una república de santos.

¡Representantes del Pueblo! Vosotros estáis llamados para consagrar, o suprimir cuanto os parezca digno de ser

conservado, reformado, o desechado en nuestro pacto social. A vosotros pertenece el corregir la obra de nuestros

primeros legisladores; yo querría decir, que a vosotros toca cubrir una parte de la belleza que contiene nuestro Código

político; porque no todos los corazones están formados para amar a todas las beldades; ni todos los ojos, son capaces de

soportar la luz celestial de la perfección. EL libro de los Apóstoles, la moral de Jesús, la obra Divina que nos ha enviado

la Providencia para mejorar a los hombres, tan sublime, tan santa, es un diluvio de fuego en Constantinopla, y el Asia

entera ardería en vivas llamas, si este libro de paz se le impusiese repentinamente por código de religión, de leyes y de

costumbres.

Séame permitido llamar la atención del Congreso sobre una materia que puede ser de una importancia vital.

Tengamos presente que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano del norte, que más bien es un

compuesto de África y de América, que una emanación de Europa, pues que hasta España misma, deja de ser

Europa por su sangre africana, por sus instituciones y por su carácter. Es imposible asignar con propiedad a qué

familia humana pertenecemos. La mayor parte del indígena se ha aniquilado, el europeo se ha mezclado con el

americano y con el africano, y éste se ha mezclado con el indio y con el europeo. Nacidos todos del seno de una

misma madre, nuestros padres, diferentes en origen y en sangre, son extranjeros, y todos difieren visiblemente en

la epidermis; esta desemejanza trae un reato de la mayor trascendencia.

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Los ciudadanos de Venezuela gozan todos por la Constitución, intérprete de la naturaleza, de una perfecta

igualdad política. Cuando esta igualdad no hubiese sido un dogma en Atenas, en Francia y en América,

deberíamos nosotros consagrarlo para corregir la diferencia que aparentemente existe. Mi opinión es,

legisladores, que el principio fundamental de nuestro sistema, depende inmediata y exclusivamente de la

igualdad establecida y practicada en Venezuela. Que los hombres nacen todos con derechos iguales a los bienes

de la sociedad, está sancionado por la pluralidad de los sabios; como también lo está que no todos los hombres

nacen igualmente aptos a la obtención de todos los rangos; pues todos deben practicar la virtud y no todos la

practican; todos deben ser valerosos, y todos no lo son; todos deben poseer talentos, y todos no lo poseen. De aquí

viene la distinción efectiva que se observa entre los individuos de la sociedad más liberalmente establecida. Si el

principio de la igualdad política es generalmente reconocido, no lo es menos el de la desigualdad física y moral.

La naturaleza hace a los hombres desiguales, en genio, temperamento, fuerzas y caracteres. Las leyes corrigen

esta diferencia porque colocan al individuo en la sociedad para que la educación, la industria, las artes, los

servicios, las virtudes, le den una igualdad ficticia, propiamente llamada política y social. Es una inspiración

eminentemente benéfica, la reunión de todas las clases en un estado, en que la diversidad se multiplicaba en

razón de la propagación de la especie. Por este solo paso se ha arrancado de raíz la cruel discordia. ¡Cuántos

celos, rivalidades y odios se han evitado!

Habiendo ya cumplido con la justicia, con la humanidad, cumplamos ahora con la política, con la sociedad, allanando

las dificultades que opone un sistema tan sencillo y natural, mas tan débil que el menor tropiezo lo trastorna, lo arruina.

La diversidad de origen requiere un pulso infinitamente firme, un tacto infinitamente delicado para manejar esta

sociedad heterogénea cuyo complicado artificio se disloca, se divide, se disuelve con la más ligera alteración.

El sistema de gobierno más perfecto es aquel que produce mayor suma de felicidad posible, mayor suma de

seguridad social y mayor suma de estabilidad política. Por las leyes que dictó el primer Congreso tenemos

derecho de esperar que la dicha sea el dote de Venezuela; y por las vuestras, debemos lisonjearnos que la

seguridad y la estabilidad eternizarán esta dicha. A vosotros toca resolver el problema. ¿Cómo, después de haber

roto todas las trabas de nuestra antigua opresión podemos hacer la obra maravillosa de evitar que los restos de

nuestros duros hierros no se cambien en armas liberticidas? Las reliquias de la dominación española

permanecerán largo tiempo antes que lleguemos a anonadarlas; el contagio del despotismo ha impregnado

nuestra atmósfera, y ni el fuego de la guerra, ni el específico de nuestras saludables leyes han purificado el aire

que respiramos. Nuestras manos ya están libres, y todavía nuestros corazones padecen de las dolencias de la

servidumbre. EL hombre, al perder la libertad, decía Homero, pierde la mitad de su espíritu.

Un gobierno republicano ha sido, es, y debe ser el de Venezuela; sus bases deben ser la soberanía del pueblo, la

división de los poderes, la libertad civil, la proscripción de la esclavitud, la abolición de la monarquía y de los

privilegios. Necesitamos de la igualdad para refundir, digámoslo así, en un todo, la especie de los hombres, las

opiniones políticas y las costumbres públicas. Luego, extendiendo la vista sobre el vasto campo que nos falta por

recorrer, fijemos la atención sobre los peligros que debemos evitar. Que la historia nos sirva de guía en esta

carrera. Atenas, la primera, nos da el ejemplo más brillante de una democracia absoluta, y al instante, la misma

Atenas, nos ofrece el ejemplo más melancólico de la extrema debilidad de esta especie de gobierno. El más sabio

legislador de Grecia no vio conservar su República diez años, y sufrió la humillación de reconocer la

insuficiencia de la democracia absoluta para regir ninguna especie de sociedad, ni con la más cuita, morígera y

limitada, porque sólo brilla con relámpagos de libertad. Reconozcamos, pues, que Solón ha desengañado al

mundo; y le ha enseñado cuán difícil es dirigir por simples leyes a los hombres.

La República de Esparta, que parecía una invención quimérica, produjo más efectos reales que la obra ingeniosa de

Solón. Gloria, virtud moral, y, por consiguiente, la felicidad nacional, fue el resultado de la legislación de Licurgo.

Aunque dos reyes en un Estado son dos monstruos para devorarlo, Esparta poco tuvo que sentir de su doble trono, en

tanto que Atenas se prometía la suerte más espléndida, con una soberanía absoluta, libre elección de magistrados,

frecuentemente renovados. Leyes suaves, sabias y políticas. Pisístrato, usurpador y tirano fue más saludable a Atenas

que sus leyes; y Pericles, aunque también usurpador, fue el más útil ciudadano. La República de Tebas no tuvo más vida

que la de Pelópidas y Epaminondas; porque a veces son los hombres, no los principios, los que forman los

gobiernos. Los códigos, los sistemas, los estatutos por sabios que sean son obras muertas que poco influyen sobre las

sociedades: ¡hombres virtuosos, hombres patriotas, hombres ilustrados constituyen las repúblicas!

La Constitución Romana es la que mayor poder y fortuna ha producido a ningún pueblo del mundo; allí no había una

exacta distribución de los poderes. Los Cónsules, el Senado, el Pueblo, ya eran Legisladores, ya magistrados, ya Jueces;

todos participaban de todos los poderes. El Ejecutivo, compuesto de dos Cónsules, padecía el mismo inconveniente que

el de Esparta. A pesar de su deformidad no sufrió la República la desastrosa discordancia que toda previsión habría

supuesto inseparable de una magistratura compuesta de dos individuos, igualmente autorizados con las facultades de un

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monarca. Un gobierno cuya única inclinación era la conquista, no parecía destinado a cimentar la felicidad de su

nación. Un gobierno monstruoso y puramente guerrero, elevó a Roma al más alto esplendor de virtud y de

gloria; y formó de la tierra un dominio romano para mostrar a los hombres de cuánto son capaces las virtudes

políticas; y cuán diferentes suelen ser las instituciones.

Y pasando de los tiempos antiguos a los modernos encontraremos a Inglaterra y a Francia llamando la atención

de todas las naciones, y dándoles lecciones elocuentes de toda especie en materia de gobierno. La revolución de

estos dos grandes pueblos, como un radiante meteoro, ha inundado al mundo con tal profusión de luces políticas,

que ya todos los seres que piensan han aprendido cuáles son los derechos del hombre y cuáles sus deberes; en qué

consiste la excelencia de los gobiernos y en qué consisten sus vicios. Todos saben apreciar el valor intrínseco de

las teorías especulativas de los filósofos y legisladores modernos. En fin, este astro, en su luminosa carrera, aun

ha encendido los pechos de los apáticos españoles, que también se han lanzado en el torbellino político; han

hecho sus efímeras pruebas de libertad, han reconocido su incapacidad para vivir bajo el dulce dominio de las

leyes y han vuelto a sepultarse en sus prisiones y hogueras inmemoriales.

Aquí es el lugar de repetiros, legisladores, lo que os dice el elocuente Volney en la dedicatoria de su Ruinas de Palmira:

«A los pueblos nacientes de las Indias Castellanas, a los jefes generosos que los guían a la libertad: que los errores e

infortunios del mundo antiguo enseñen la sabiduría y la felicidad al mundo nuevo». Que no se pierdan, pues, las

lecciones de la experiencia; y que las secuelas de Grecia, de Roma, de Francia, de Inglaterra y de América nos instruyan

en la difícil ciencia de crear y conservar las naciones con leyes propias, justas, legítimas, y sobre todo útiles. No

olvidando jamás que la excelencia de un gobierno no consiste en su teórica, en su forma, ni en su mecanismo,

sino en ser apropiado a la naturaleza y al carácter de la nación para quien se instituye.

Roma y la Gran Bretaña son las naciones que más han sobresalido entre las antiguas y modernas; ambas nacieron para

mandar y ser libres; pero ambas se constituyeron no con brillantes formas de libertad, sino con establecimientos sólidos.

Así, pues, os recomiendo, representantes, el estudio de la Constitución británica, que es la que parece destinada a operar

el mayor bien posible a los pueblos que la adoptan; pero por perfecta que sea, estoy muy lejos de proponeros su

imitación servil. Cuando hablo del Gobierno británico sólo me refiero a lo que tiene de republicanismo, y a la verdad

¿puede llamarse pura monarquía un sistema en el cual se reconoce la soberanía popular, la división y el equilibrio de los

poderes, la libertad civil, de conciencia, de imprenta, y cuanto es sublime en la política? ¿Puede haber más libertad en

ninguna especie de república? ¿Y puede pretenderse a más en el orden social? Yo os recomiendo esta Constitución

popular, la división y el equilibrio de los poderes, la libertad civil, de como la más digna de servir de modelo a cuantos

aspiran al goce de los derechos del hombre y a toda la felicidad política que es compatible con nuestra frágil naturaleza.

En nada alteraríamos nuestras leyes fundamentales, si adoptásemos un Poder Legislativo semejante al

Parlamento británico. Hemos dividido como los americanos la representación nacional en dos Cámaras: la de

Representantes y el Senado. La primera está compuesta muy sabiamente, goza de todas las atribuciones que le

corresponden y no es susceptible de una reforma esencial, porque la Constitución le ha dado el origen, la forma y

las facultades que requiere la voluntad del pueblo para ser legítima y competentemente representada. Si el

Senado en lugar de ser electivo fuese hereditario, sería en mi concepto la base, el lazo, el alma de nuestra

República. Este Cuerpo en las tempestades políticas pararía los rayos del gobierno, y rechazaría las olas

populares. Adicto al gobierno por el justo interés de su propia conservación, se opondría siempre a las invasiones

que el pueblo intenta contra la jurisdicción y la autoridad de sus magistrados. Debemos confesarlo: los más de

los hombres desconocen sus verdaderos intereses y constantemente procuran asaltarlos en las manos de sus

depositarios; el individuo pugna contra la masa, y la masa contra la autoridad. Por tanto, es preciso que en todos

los gobiernos exista un cuerpo neutro que se ponga siempre de parte del ofendido y desarme al ofensor. Este

cuerpo neutro, para que pueda ser tal, no ha de deber su origen a la elección del gobierno, ni a la del pueblo; de

modo que goce de una plenitud de independencia que ni tema, ni espere nada de estas dos fuentes de autoridad.

El Senado hereditario como parte del pueblo, participa de sus intereses, de sus sentimientos y de su espíritu. Por

esta causa no se debe presumir que un Senado hereditario se desprenda de los intereses populares, ni olvide sus

deberes legislativos. Los senadores en Roma, y los lores en Londres, han sido las columnas más firmes sobre que

se ha fundado el edificio de la libertad política y civil.

Estos senadores serán elegidos la primera vez por el Congreso. Los sucesores al Senado llaman la primera

atención del gobierno, que debería educarlos en un colegio especialmente destinado para instruir aquellos

tutores, legisladores futuros de la patria. Aprenderían las artes, las ciencias y las letras que adornan el espíritu

de un hombre público; desde su infancia ellos sabrían a qué carrera la Providencia los destinaba y desde muy

tiernos elevarían su alma a la dignidad que los espera.

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De ningún modo sería una violación de la igualdad política la creación de un Senado hereditario; no es una

nobleza la que pretendo establecer, porque, como ha dicho un célebre republicano, sería destruir a la vez la

igualdad y la libertad. Es un oficio para el cual se deben preparar los candidatos, y es un oficio que exige mucho

saber, y los medios proporcionados para adquirir su instrucción. Todo no se debe dejar al acaso y a la ventura en

las elecciones: el pueblo se engaña más fácilmente que la naturaleza perfeccionada por el arte; y aunque es

verdad que estos senadores no saldrían del seno de las virtudes, también es verdad que saldrían del seno de una

educación ilustrada. Por otra parte, los Libertadores de Venezuela son acreedores a ocupar siempre un alto

rango en la República que les debe su existencia. Creo que la posteridad vería con sentimiento, anonadados los

nombres ilustres de sus primeros bienhechores; digo más, es del interés público, es de la gratitud de Venezuela,

es del honor nacional, conservar con gloria hasta la última posteridad, una raza de hombres virtuosos, prudentes

y esforzados que superando todos los obstáculos, han fundado la República a costa de los más heroicos

sacrificios. Y si el pueblo de Venezuela no aplaude la elevación de sus bienhechores, es indigno de ser libre, y no

lo será jamás.

Un Senado hereditario, repito, será la base fundamental del Poder Legislativo y, por consiguiente, será la base de

todo gobierno. Igualmente servirá de contrapeso para el gobierno y para el pueblo; será una potestad

intermediaria que embote los tiros que recíprocamente se lanzan estos eternos rivales. En todas las luchas la

calma de un tercero viene a ser el órgano de la reconciliación, así el Senado de Venezuela será la traba de este

edificio delicado y harto susceptible de impresiones violentas; será el iris que calmará las tempestades y

mantendrá la armonía entre los miembros y la cabeza de este cuerpo político.

Ningún estímulo podrá adulterar un Cuerpo Legislativo investido de los primeros honores, dependiente de sí

mismo, sin temer nada del pueblo, ni esperar nada del gobierno, que no tiene otro objeto que el de reprimir todo

principio de mal y propagar todo principio de bien; y que está altamente interesado en la existencia de una

sociedad en la cual participa de sus efectos funestos o favorables. Se ha dicho con demasiada razón que la

Cámara alta de Inglaterra, es preciosa para la nación porque ofrece un baluarte a la libertad, y yo añado que el

Senado de Venezuela, no sólo sería un baluarte de la libertad, sino un apoyo para eternizar la República.

El Poder Ejecutivo británico está revestido de toda la autoridad soberana que le pertenece; pero también está

circunvalado de una triple línea de diques, barreras y estacadas. Es Jefe del Gobierno, pero sus ministros y subalternos

dependen más de las leyes que de su autoridad, porque son personalmente responsables, y ni aun las mismas órdenes de

la autoridad real los eximen de esta responsabilidad. Es Generalísimo del Ejército y de la Marina; hace la paz, y declara

la guerra; pero el Parlamento es el que decreta anualmente las sumas con que deben pagarse estas fuerzas militares. Si

los Tribunales y Jueces dependen de él, las leyes emanan del Parlamento que las ha consagrado. Con el objeto de

neutralizar su poder, es inviolable y sagrada la persona del Rey; y al mismo tiempo que le dejan libre la cabeza le

ligan las manos con que debe obrar. El Soberano de Inglaterra tiene tres formidables rivales: su Gabinete que

debe responder al Pueblo y al Parlamento; el Senado, que defiende los intereses del Pueblo como Representante

de la Nobleza de que se compone, y la Cámara de los Comunes, que sirve de órgano y de tribuna al pueblo

británico. Además, como los jueces son responsables del cumplimiento de las leyes, no se separan de ellas, y los

administradores del Erario, siendo perseguidos no solamente por sus propias infracciones, sino aun por las que hace el

mismo gobierno, se guardan bien de malversar los fondos públicos. Por más que se examine la naturaleza del Poder

Ejecutivo en Inglaterra, no se puede hallar nada que no incline a juzgar que es el más perfecto modelo, sea para un

Reino, sea para una Aristocracia, sea para una democracia. Aplíquese a Venezuela este Poder Ejecutivo en la persona de

un Presidente, nombrado por el Pueblo o por sus Representantes, y habremos dado un gran paso hacia la felicidad

nacional.

Cualquiera que sea el ciudadano que llene estas funciones, se encontrará auxiliado por la Constitución; autorizado para

hacer bien, no podrá hacer mal, porque siempre que se someta a las leyes, sus ministros cooperarán con él; si por el

contrario, pretende infringirlas, sus propios ministros lo dejarán aislado en medio de la República, y aun lo acusarán

delante del Senado. Siendo los ministros los responsables de las transgresiones que se cometan, ellos son los que

gobiernan, porque ellos son los que las pagan. No es la menor ventaja de este sistema la obligación en que pone a los

funcionarios inmediatos al Poder Ejecutivo de tomar la parte más interesada y activa en las deliberaciones del gobierno,

y a mirar como propio este departamento. Puede suceder que no sea el Presidente un hombre de grandes talentos, ni de

grandes virtudes, y no obstante la carencia de estas cualidades esenciales, el Presidente desempeñará sus deberes de un

modo satisfactorio; pues en tales casos el Ministerio, haciendo todo por sí mismo, lleva la carga del Estado.

Por exorbitante que parezca la autoridad del Poder Ejecutivo de Inglaterra, quizás no es excesiva en la República de

Venezuela. Aquí el Congreso ha ligado las manos y hasta la cabeza a los magistrados. Este cuerpo deliberante ha

asumido una parte de las funciones ejecutivas contra la máxima de Montesquieu, que dice que un Cuerpo Representante

no debe tomar ninguna resolución activa: debe hacer leyes y ver si se ejecutan las que hace. Nada es tan contrario a la

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armonía entre los poderes, como su mezcla. Nada es tan peligroso con respecto al pueblo, como la debilidad del

Ejecutivo, y si en un reino se ha juzgado necesario concederle tantas facultades, en una república, son éstas

infinitamente más indispensables.

Fijemos nuestra atención sobre esta diferencia y hallaremos que el equilibrio de los poderes debe distribuirse de dos

modos. En las repúblicas el Ejecutivo debe ser el más fuerte, porque todo conspira contra él; en tanto que en las

monarquías el más fuerte debe ser el Legislativo, porque todo conspira en favor del monarca. La veneración que

profesan los pueblos a la magistratura real es un prestigio, que influye poderosamente a aumentar el respeto

supersticioso que se tributa a esta autoridad. El esplendor del trono, de la corona, de la púrpura; el apoyo formidable que

le presta la nobleza; las inmensas riquezas que generaciones enteras acumulan en una misma dinastía; la protección

fraternal que recíprocamente reciben todos los reyes, son ventajas muy considerables que militan en favor de la

autoridad real, y la hacen casi ilimitada. Estas mismas ventajas son, por consiguiente, las que deben con firmar la

necesidad de atribuir a un magistrado republicano, una suma mayor de autoridad que la que posee un príncipe

constitucional.

Un magistrado republicano, es un individuo aislado en medio de una sociedad, encargado de contener el ímpetu del

pueblo hacia la licencia, la propensión de los jueces y administradores hacia el abuso de las leyes. Está sujeto

inmediatamente al Cuerpo Legislativo, al Senado, al pueblo: es un hombre solo resistiendo el ataque combinado de las

opiniones, de los intereses y de las pasiones del Estado social que, como dice Carnot, no hace más que luchar

continuamente entre el deseo de dominar, y el deseo de substraerse a la dominación. Es, en fin, un atleta lanzado contra

otra multitud de atletas.

Sólo puede servir de correctivo a esta debilidad, el vigor bien cimentado y más bien proporcionado a la resistencia que

necesariamente le oponen al Poder Ejecutivo, el Legislativo, el Judiciario y el pueblo de una república. Si no se ponen

al alcance del Ejecutivo todos los medios que una justa atribución le señala, cae inevitablemente en la nulidad o en su

propio abuso; quiero decir, en la muerte del gobierno, cuyos herederos son la anarquía, la usurpación y la tiranía. Se

quiere contener la autoridad ejecutiva con restricciones y trabas; nada es más justo; pero que se advierta que los lazos

que se pretenden conservar se fortifican sí, mas no se estrechan.

Que se fortifique, pues, todo el sistema del gobierno, y que el equilibrio se establezca de modo que no se pierda, y de

modo que no sea su propia delicadeza, una causa de decadencia. Por lo mismo que ninguna forma de gobierno es tan

débil como la democracia, su estructura debe ser de la mayor solidez; y sus instituciones consultarse para la estabilidad.

Si no es así, contemos con que se establece un ensayo de gobierno, y no un sistema permanente; contemos con una

sociedad díscola, tumultuaria y anárquica y no con un establecimiento social donde tengan su imperio la felicidad, la

paz y la justicia.

No seamos presuntuosos, legisladores; seamos moderados en nuestras pretensiones. No es probable conseguir lo que no

ha logrado el género humano; lo que no han alcanzado las más grandes y sabias naciones. La libertad indefinida, la

democracia absoluta, son los escollos adonde han ido a estrellarse todas las esperanzas republicanas. Echad una mirada

sobre las repúblicas antiguas, sobre las repúblicas modernas, sobre las repúblicas nacientes; casi todas han pretendido

establecerse absolutamente democráticas, y a casi todas se les han frustrado sus justas aspiraciones. Son laudables

ciertamente hombres que anhelan por instituciones legítimas y por una perfección social; pero ¿quién ha dicho a los

hombres que ya poseen toda la sabiduría, que ya practican toda la virtud, que exigen imperiosamente la liga del poder

con la justicia? ¡Ángeles, no hombres, pueden únicamente existir libres, tranquilos y dichosos, ejerciendo todos la

potestad soberana!

Ya disfruta el pueblo de Venezuela de los derechos que legítima y fácilmente puede gozar; moderemos ahora el ímpetu

de las pretensiones excesivas que quizás le suscitaría la forma de un gobierno incompetente para él. Abandonemos las

formas federales que no nos convienen; abandonemos el triunvirato del Poder Ejecutivo; y concentrándolo en un

presidente, confiémosle la autoridad suficiente para que logre mantenerse luchando contra los inconvenientes anexos a

nuestra reciente situación, al estado de guerra que sufrimos, y a la especie de los enemigos externos y domésticos,

contra quienes tendremos largo tiempo que combatir. Que el Poder Legislativo se desprenda de las atribuciones que

corresponden al Ejecutivo; y adquiera no obstante nueva consistencia, nueva influencia en el equilibrio de las

autoridades. Que los tribunales sean reforzados por la estabilidad, y la independencia de los jueces; por el

establecimiento de jurados; de códigos civiles y criminales que no sean dictados por la antigüedad, ni por reyes

conquistadores, sino por la voz de la naturaleza, por el grito de la justicia y por el genio de la sabiduría.

Mi deseo es que todas las partes del gobierno y administración, adquieran el grado de vigor que únicamente puede

mantener el equilibrio, no sólo entre los miembros que componen el gobierno, sino entre las diferentes fracciones de

que se compone nuestra sociedad. Nada importaría que los resortes de un sistema político se relajasen por su debilidad,

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si esta relajación no arrastrase consigo la disolución del cuerpo social, y la ruina de los asociados. Los gritos del género

humano en los campos de batalla, o en los campos tumultuarios claman al cielo contra los inconsiderados y ciegos

legisladores, que han pensado que se pueden hacer impunemente ensayos de quiméricas instituciones. Todos los

pueblos del mundo han pretendido la libertad; los unos por las armas, los otros por las leyes, pasando alternativamente

de la anarquía al despotismo o del despotismo a la anarquía; muy pocos son los que se han contentado con pretensiones

moderadas, constituyéndose de un modo conforme a sus medios, a su espíritu y a sus circunstancias.

No aspiremos a lo imposible, no sea que por elevarnos sobre la región de la libertad, descendamos a la región de la

tiranía. De la libertad absoluta se desciende siempre al poder absoluto, y el medio entre estos dos términos es la

suprema libertad social. Teorías abstractas son las que producen la perniciosa idea de una libertad ilimitada. Hagamos

que la fuerza pública se contenga en los límites que la razón y el interés prescriben; que la voluntad nacional se

contenga en los límites que un justo poder le señala; que una legislación civil y criminal análoga a nuestra actual

Constitución domine imperiosamente sobre el poder judiciario, y entonces habrá un equilibrio, y no habrá el choque que

embaraza la marcha del Estado, y no habrá esa complicación que traba, en vez de ligar la sociedad.

Para formar un gobierno estable se requiere la base de un espíritu nacional, que tenga por objeto una inclinación

uniforme hacia dos puntos capitales: moderar la voluntad general, y limitar la autoridad pública. Los términos que fijan

teóricamente estos dos puntos son de una difícil asignación, pero se puede concebir que la regla que debe dirigirlos, es

la restricción, y la concentración recíproca a fin de que haya la menos frotación posible entre la voluntad y el poder

legítimo. Esta ciencia se adquiere insensiblemente por la práctica y por el estudio. El progreso de las luces es el que

ensancha el progreso de la práctica, y la rectitud del espíritu es la que ensancha el progreso de las luces.

EL amor a la patria, el amor a las leyes, el amor a los magistrados son las nobles pasiones que deben absorber

exclusivamente el alma de un republicano. Los venezolanos aman la patria, pero no aman sus leyes; porque éstas han

sido nocivas, y eran la fuente del mal; tampoco han podido amar a sus magistrados, porque eran inicuos, y los nuevos

apenas son conocidos en la carrera en que han entrado. Si no hay un respeto sagrado por la patria, por las leyes y por las

autoridades, la sociedad es una confusión, un abismo: es un conflicto singular de hombre a hombre, de cuerpo a cuerpo.

Para sacar de este caos nuestra naciente república, todas nuestras facultades morales no serán bastantes, si no fundimos

la masa del pueblo en un todo; la composición del gobierno en un todo; la legislación en un todo, y el espíritu nacional

en un todo. Unidad, unidad, unidad, debe ser nuestra divisa. La sangre de nuestros ciudadanos es diferente,

mezclémosla para unirla; nuestra Constitución ha dividido los poderes, enlacémoslos para unirlos; nuestras leyes son

funestas reliquias de todos los despotismos antiguos y modernos, que este edificio monstruoso se derribe, caiga y

apartando hasta sus ruinas, elevemos un templo a la justicia; y bajo los auspicios de su santa inspiración dictemos un

Código de leyes venezolanas. Si queremos consultar monumentos y modelos de legislación, la Gran Bretaña, la Francia,

la América septentrional los ofrecen admirables.

La educación popular debe ser el cuidado primogénito del amor paternal del Congreso. Moral y luces son los polos de

una república; moral y luces son nuestras primeras necesidades. Tomemos de Atenas su areópago, y los guardianes de

las costumbres y de las leyes; tomemos de Roma sus censores y sus tribunales domésticos; y haciendo una santa alianza

de estas instituciones morales, renovemos en el mundo la idea de un pueblo que no se contenta con ser libre y fuerte,

sino que quiere ser virtuoso. Tomemos de Esparta sus austeros establecimientos, y formando de estos tres manantiales

una fuente de virtud, demos a nuestra República una cuarta potestad cuyo dominio sea la infancia y el corazón de los

hombres, el espíritu público, las buenas costumbres y la moral republicana. Constituyamos este areópago para que vele

sobre la educación de los niños, sobre la instrucción nacional; para que purifique lo que se haya corrompido en la

República; que acuse la ingratitud, el egoísmo, la frialdad del amor a la patria, el ocio, la negligencia de los ciudadanos;

que juzgue de los principios de corrupción, de los ejemplos perniciosos; debiendo corregir las costumbres con penas

morales, como las leyes castigan los delitos con penas aflictivas, y no solamente lo que choca contra ellas, sino lo que

las burla; no solamente lo que las ataca, sino lo que las debilita; no solamente lo que viola la Constitución, sino lo que

viola el respeto público. La jurisdicción de este tribunal verdaderamente santo, deberá ser efectiva con respecto a la

educación y a la instrucción, y de opinión solamente en las penas y castigos. Pero sus anales, o registros donde se

consignan sus actas y deliberaciones; los principios morales y las acciones de los ciudadanos, serán los libros de la

virtud y del vicio. Libros que consultará el pueblo para sus elecciones, los magistrados para sus resoluciones, y los

jueces para sus juicios. Una institución semejante que más que parezca quimérica, es infinitamente más realizable que

otras que algunos legisladores antiguos y modernos han establecido con menos utilidad del género humano.

¡Legisladores! Por el proyecto de Constitución que reverentemente someto a vuestra sabiduría, observaréis el espíritu

que lo ha dictado. Al proponeros la división de los ciudadanos en activos y pasivos, he pretendido excitar la prosperidad

nacional por las dos más grandes palancas de la industria, el trabajo y el saber. Estimulando estos dos poderosos

resortes de la sociedad, se alcanza lo más difícil entre los hombres, hacerlos honrados y felices. Poniendo restricciones

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justas y prudentes en las asambleas primarias y electorales, ponemos el primer dique a la licencia popular, evitando la

concurrencia tumultuaria y ciega que en todos tiempos han imprimido el desacierto en las elecciones y ha ligado, por

consiguiente, el desacierto a los magistrados, y a la marcha del gobierno; pues este acto primordial, es el acto generativo

de la libertad o de la esclavitud de un pueblo.

Aumentando en la balanza de los poderes el peso del Congreso por el número de los legisladores y por la naturaleza del

Senado, he procurado darle una base fija a este primer cuerpo de la nación y revestirlo de una consideración

importantísima para el éxito de sus funciones soberanas.

Separando con límites bien señalados la jurisdicción ejecutiva, de la jurisdicción legislativa, no me he propuesto dividir

sino enlazar con los vínculos de la armonía que nace de la independencia, estas potestades supremas cuyo choque

prolongado jamás ha dejado de aterrar a uno de los contendientes. Cuando deseo atribuir al Ejecutivo una suma de

facultades superior a la que antes gozaba, no he deseado autorizar un déspota para que tiranice la República, sino

impedir que el despotismo deliberante no sea la causa inmediata de un círculo de vicisitudes despóticas en que

alternativamente la anarquía sea reemplazada por la oligarquía y por la monocracia. Al pedir la estabilidad de los

jueces, la creación de jurados y un nuevo código, he pedido al Congreso la garantía de la libertad civil, la más preciosa,

la más justa, la más necesaria. En una palabra, la única libertad, pues que sin ella las demás son nulas. He pedido la

corrección de los más lamentables abusos que sufre nuestra judicatura, por su origen vicioso de ese piélago de

legislación española que semejante al tiempo recoge de todas las edades y de todos los hombres, así las obras de la

demencia como las del talento, así las producciones sensatas, como las extravagantes, así los monumentos del ingenio,

como los del capricho. Esta enciclopedia judiciaria, monstruo de diez mil cabezas, que hasta ahora ha sido el azote de

los pueblos españoles, es el suplicio más refinado que la cólera del cielo ha permitido descargar sobre este desdichado

Imperio.

Meditando sobre el modo efectivo de regenerar el carácter y las costumbres que la tiranía y la guerra nos han dado, me

he sentido la audacia de inventar un poder moral, sacado del fondo de la oscura antigüedad, y de aquellas olvidadas

leyes que mantuvieron, algún tiempo, la virtud entre los griegos y romanos. Bien puede ser tenido por un cándido

delirio, mas no es imposible, y yo me lisonjeo que no desdeñaréis enteramente un pensamiento que mejorado por la

experiencia y las luces, puede llegar a ser muy eficaz.

Horrorizado de la divergencia que ha reinado y debe reinar entre nosotros por el espíritu sutil que caracteriza al

Gobierno federativo, he sido arrastrado a rogaros para que adoptéis el centralismo y la reunión de todos los Estados de

Venezuela en una República sola e indivisible. Esta medida, en mi opinión, urgente, vital, redentora, es de tal naturaleza

que, sin ella, el fruto de nuestra regeneración será la muerte.

Mi deber es, legisladores, presentaros un cuadro prolijo y fiel de mi administración política, civil y militar, mas sería

cansar demasiado vuestra importante atención y privaros en este momento de un tiempo tan precioso como urgente. En

consecuencia, los secretarios de Estado darán cuenta al Congreso de sus diferentes Departamentos exhibiendo al mismo

tiempo los documentos y archivos que servirán de ilustración para tomar un exacto conocimiento del estado real y

positivo de la República.

Yo no os hablaría de los actos más notables de mi mando si éstos no incumbiesen a la mayoría de los venezolanos. Se

trata, señor, de las resoluciones más importantes de este último período.

La atroz e impía esclavitud cubría con su negro manto la tierra de Venezuela, y nuestro cielo se hallaba recargado de

tempestuosas nubes, que amenazaban un diluvio de fuego. Yo imploré la protección del Dios de la humanidad, y luego

la redención disipó las tempestades. La esclavitud rompió sus grillos, y Venezuela se ha visto rodeada de nuevos hijos,

de hijos agradecidos que han convertido los instrumentos de su cautiverio en armas de libertad. Sí, los que antes eran

esclavos, ya son libres; los que antes eran enemigos de una madrastra, ya son defensores de una patria. Encareceros la

justicia, la necesidad y la beneficencia de esta medida, es superfluo cuando vosotros sabéis la historia de los ilotas, de

Espartaco y de Haití; cuando vosotros sabéis que no se puede ser libre y esclavo a la vez, sino violando a la vez las

leyes naturales, las leyes políticas y las leyes civiles. Yo abandono a vuestra soberana decisión la reforma o la

revocación de todos mis estatutos y decretos; pero yo imploro la confirmación de la libertad absoluta de los esclavos,

como imploraría mi vida y la vida de la República.

Representaros la historia militar de Venezuela sería recordaros la historia del heroísmo republicano entre los antiguos;

sería deciros que Venezuela ha entrado en el gran cuadro de los sacrificios hechos sobre el altar de la libertad. Nada ha

podido llenar los nobles pechos de nuestros generosos guerreros, sino los honores sublimes que se tributan a los

bienhechores del género humano. No combatiendo por el poder, ni por la fortuna, ni aun por la gloria, sino tan sólo por

la libertad, títulos de libertadores de la República, son sus dignos galardones. Yo, pues, fundando una sociedad sagrada

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con estos ínclitos varones, he instituido el orden de los Libertadores de Venezuela. ¡Legisladores! A vosotros

pertenecen las facultades de conocer honores y decoraciones, vuestro es el deber de ejercer este acto augusto de la

gratitud nacional.

Hombres que se han desprendido de todos los goces, de todos los bienes que antes poseían, como el producto de su

virtud y talentosos hombres que han experimentado cuanto es cruel en una guerra honrosa, padeciendo las privaciones

más dolorosas, y los tormentos más acerbos, hombres tan beneméritos de la patria, han debido llamar la atención del

gobierno. En consecuencia he mandado recompensarlos con los bienes de la nación. Si he contraído para con el pueblo

alguna especie de mérito, pido a sus representantes oigan mi súplica como el premio de mis débiles servicios. Que el

Congreso ordene la distribución de los bienes nacionales, conforme a la ley que a nombre de la República he decretado

a beneficio de los militares venezolanos.

Ya que por infinitos triunfos hemos logrado anonadar las huestes españolas, desesperada la Corte de Madrid ha

pretendido sorprender vanamente la conciencia de los magnánimos soberanos que acaban de extirpar la usurpación y la

tiranía en Europa, y deben ser los protectores de la legitimidad y de la justicia de la causa americana. Incapaz de

alcanzar con sus armas nuestra sumisión, recurre España a su política insidiosa; no pudiendo vencernos, ha querido

emplear sus artes suspicaces. Fernando se ha humillado hasta confesar que ha menester de la protección extranjera para

retornarnos a su ignominioso yugo, ¡a un yugo que todo poder es nulo para imponerlo! Convencida Venezuela de

poseer las fuerzas suficientes para repeler a sus opresores, ha pronunciado, por el órgano del gobierno, su última

voluntad de combatir hasta expirar, por defender su vida política, no sólo contra España, sino contra todos los hombres,

si todos los hombres se hubiesen degradado tanto, que abrazasen la defensa de un gobierno devorador, cuyos únicos

móviles son una espada exterminadora y las llamas de la Inquisición. Un gobierno que ya no quiere dominios, sino

desiertos; ciudades, sino ruinas; vasallos, sino tumbas. La declaración de la República de Venezuela es el Acta más

gloriosa, más heroica, más digna de un pueblo libre; es la que con mayor satisfacción tengo el honor de ofrecer al

Congreso ya sancionada por la expresión unánime del pueblo de Venezuela.

Desde la segunda época de la República nuestro ejército carecía de elementos militares, siempre ha estado desarmado;

siempre le han faltado municiones; siempre ha estado mal equipado. Ahora los soldados defensores de la independencia

no solamente están armados de la justicia, sino también de la fuerza. Nuestras tropas pueden medirse con las más

selectas de Europa, ya que no hay desigualdad en los medios destructores. Tan grandes ventajas las debemos a la

liberalidad sin límites de algunos generosos extranjeros que han visto gemir la humanidad y sucumbir la causa de la

razón, y no la han visto tranquilos espectadores, sino que han volado con sus protectores auxilios, y han prestado a la

República cuanto ella necesitaba para hacer triunfar sus principios filantrópicos. Estos amigos de la humanidad son los

genios custodios de América, y a ellos somos deudores de un eterno reconocimiento, como igualmente de un

cumplimiento religioso, a las sagradas obligaciones que con ellos hemos contraído. La deuda nacional, legisladores, es

el depósito de la fe, del honor y de la gratitud de Venezuela. Respetadla como la Arca Santa, que encierra no tanto los

derechos de nuestros bienhechores, cuanto la gloria de nuestra fidelidad. Perezcamos primero que quebrantar un

empeño que ha salvado la patria y la vida de sus hijos.

La reunión de Nueva Granada y Venezuela en un grande Estado ha sido el voto uniforme de los pueblos y gobiernos de

estas Repúblicas. La suerte de la guerra ha verificado este enlace tan anhelado por todos los colombianos; de hecho

estamos incorporados. Estos pueblos hermanos ya os han confiado sus intereses, sus derechos, sus destinos. Al

contemplar la reunión de esta inmensa comarca, mi alma se remonta a la eminencia que exige la perspectiva colosal,

que ofrece un cuadro tan asombroso. Volando por entre las próximas edades, mi imaginación se fija en los siglos

futuros, y observando desde allá, con admiración y pasmo, la prosperidad, el esplendor, la vida que ha recibido esta

vasta región, me siendo arrebatado y me parece que ya la veo en el corazón del universo, extendiéndose sobre sus

dilatadas costas, entre esos océanos, que la naturaleza había separado, y que nuestra patria reúne con prolongados y

anchurosos canales. Ya la veo servir de lazo, de centro, de emporio a la familia humana; ya la veo enviando a todos los

recintos de la tierra los tesoros que abrigan sus montañas de plata y de oro; ya la veo distribuyendo por sus divinas

plantas la salud y la vida a los hombres dolientes del antiguo universo; ya la veo comunicando sus preciosos secretos a

los sabios que ignoran cuan superior es la suma de las luces, a la suma de las riquezas, que le ha prodigado la

naturaleza. Ya la veo sentada sobre el trono de la libertad, empuñando el cetro de la justicia, coronada por la gloria,

mostrar al mundo antiguo la majestad del mundo moderno.

Dignaos, legisladores, acoger con indulgencias la profesión de mi conciencia política, los últimos votos de mi corazón y

los ruegos fervorosos que a nombre del pueblo me atrevo a dirigiros. Dignaos conceder a Venezuela un Gobierno

eminentemente popular, eminentemente justo, eminentemente moral, que encadene la opresión, la anarquía y la culpa.

Un Gobierno que haga reinar la inocencia, la humanidad y la paz. Un Gobierno que haga triunfar bajo el imperio de

leyes inexorables, la igualdad y la libertad.

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Señor, empezad vuestras funciones; yo he terminado las mías.

SIMÓN BOLÍVAR www.politologi.com – Il portale degli studenti di Scienze Politiche

APÉNDICE A LA CONSTITUCIÓN

RELATIVO AL PODER MORAL Compilador: Luis Salazar Martínez

ADVERTENCIA

"El Poder Moral, estatuido en el Proyecto de Constitución, presentado por el General Bolívar, como Jefe de la

República, en la instalación del Congreso (para definir la Naturaleza Civil o Religiosa del Senado) [*] fue

considerado por algunos diputados como la idea más feliz y la más propia a influir en la perfección de las

Instituciones Sociales. Por otros como una Inquisición Moral, no menos funesta ni menos horrible que la religiosa.

Y por todos como de muy difícil establecimiento, y en los tiempos presentes absolutamente impracticable.

Prevaleció después de largos debates el parecer de que en la infancia de nuestra política, y tratándose de objetos

tan interesantes al Estado y aún a la humanidad, no debíamos fiarnos de nuestras teorías y raciocinios en pro ni en

contra del Proyecto. Que convenía consultar la opinión de los sabios de todos los países, que el mismo hecho de

serlo deben considerarse como los Ciudadanos del Mundo, y que comuniquen sus luces a esta porción hermosa de

su inmensa patria".

EL PODER MORAL

SECCIÓN PRIMERA

De la Composición, elección, duración, prerrogativas y funciones de este Poder

Art. 1º.- El Poder Moral de la República reside en un cuerpo compuesto de un Presidente y cuarenta miembros que

bajo la denominación de Areópago ejerce una autoridad plena e independiente sobre las costumbres públicas y

sobre la primera educación.

Art. 2º.- El Areópago se compone de dos cámaras:

Primera: De Moral

Segunda: De Educación

Art. 3º.- El Congreso nombra a pluralidad de votos por esta primera vez los miembros que deben componer el

Areópago, escogiéndoles entre los padres de familia que más se hallan distinguido en la educación de sus hijos, y

muy particularmente en el ejercicio de las virtudes públicas.

Art. 4º.- El Presidente del Areópago será nombrado siempre por el Senado en dos listas, cada uno de esos

candidatos de los más virtuosos ciudadanos de la República, una representada por la Cámara de Representantes y

(la otra) por el Presidente de la República. Se necesita una mayoría de las dos terceras partes de los miembros

presentes en el Senado, para esta elección.

Art. 5º.- Para ser Miembro del Areópago se necesita, además de las virtudes públicas, la edad de treinta cinco años

cumplidos.

Art. 6º- El que ejerciese por veinte años las funciones de areopagista se publicará con el título de Padre

Benemérito de la Patria, conservando hasta su muerte el derecho y no la obligación de asistir y votar.

Art. 7º.- Los miembros del Areópago se titularán Padres de la Patria, sus personas son sagradas y todas las

Autoridades de la República, les tributarán un respeto filial.

Art. 8º.- La instalación del Areópago se hará con una celebridad extraordinaria, con ceremonias y demostraciones

propias para inspirar las más altas y religiosas (austeras) ideas de su institución y con fiestas en toda la República.

Art. 9º.- El Congreso reglará por un acta especial los honores que deben hacerse al Areópago, la presencia que le

corresponde en las fiestas y actos públicos, su traje, sus insignias y cuanto concierne al esplendor de que debe estar

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revestido este Poder Moral.

Art. 10.- La dignidad del Presidente y miembros de Areópago, no se pierde sino por la muerte o destitución.

Art. 11.- Ningún Miembro del Areópago puede ser destituido sino por el mismo Cuerpo.

Art. 12.- Siendo el Areópago un Tribunal esencialmente irreprensible y santo, todo buen Ciudadano debe

manifestarle los defectos que notaren en sus miembros y el Areópago deberá destituirlo por cualquier causa que les

haga desmerecer la veneración pública.

Art. 13.- Cuando algún Miembro del Areópago se hubiese hecho reprensible y el Cuerpo se descuidase en

destituirlo, el Gobierno deberá invitarlo hasta por segunda vez a que lo haga, y no verificándolo informará al

Senado. Si el Senado no reconoce en el acusado las virtudes necesarias a un Padre de la Patria, pronunciará que el

Areópago debe destituirlo.

Art. 14.- Cuando el Areópago destituyese a alguno de sus miembros se vestirá de luto por tres días, el asiento que

ocupaba el destituido permanecerá cincuenta años cubierto de un paño negro con su nombre escrito en grandes

caracteres blancos.

Art. 15-. Si en un período de doce años diese motivo el Areópago para que el Senado intervenga tres veces en la

destitución de sus miembros, procederá el Congreso a la renovación del Cuerpo como en su primera instalación y

la República entera se vestirá de luto por un mes. Pero en este caso el Congreso examinará las Actas, y reelegirá

necesariamente a aquellos miembros que toda las tres veces se hubiesen opuesto a la depravación del Areópago.

Art. 16.- Las funciones que debe ejercer el Areópago, reunidas sus dos Cámaras en una sola, son:

Primera: Designar los veinte miembro que deben componer cada Cámara y nombrar de entre éstos el que debe

presidirla, cuando no lo haga el Presidente del Areópago, que tiene derecho de concurrir, y votar en cualquiera de

ellas.

Segunda: Pronunciar la destitución de alguno de sus miembros, conforme queda establecido, y nombrar los que

deban suceder en las plazas vacantes por muerte o destitución.

Tercera: Nombrar dentro de su seno el Secretario o Secretarios que juzgue necesario para sus trabajos y para los de

cada Cámara.

Cuarta: Pedir al Congreso los fondos que anualmente sean necesarios para sus gastos y establecimientos, exigir

cuentas a sus agentes o empleados de la inversión de ellos y darla al Congreso.

Quinta: Distribuir premios y coronas cívicas cada año a los Ciudadanos que más se hallan distinguido por sus

rasgos eminentes de virtud y patriotismo y despojar de éstos mismos premios a los que después de haberlos

obtenidos se hayan hecho indignos de llegarlos. Estos actos se celebrarán en Junta Pública con la mayor

solemnidad.

Sexta: Declarar eminentemente virtuoso, héroe o grande hombre a los que se hayan hecho dignos de tanta

recompensa. Sin que haya procedido esta declaratoria, el Congreso no podrá decretar ni erigir ninguna estatua ni

otros monumentos públicos en memoria de nadie.

Séptima: Proclamar con aplausos en las Juntas de que se ha hablado arriba los nombres de los Ciudadanos

Virtuosos y las obras Maestras de Moral y Educación. Pregonar con oprobio e ignominia los de los viciosos y las

obras de corrupción y de indecencia; y designar a la Veneración Pública los Institutores e Institutrices que hayan

hecho mayores adelantamientos en sus colegios.

SECCIÓN SEGUNDA

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De las atribuciones especiales de la Cámara de Moral

Art. 1º.- La Cámara de Moral dirige la opinión de toda la República, castiga los vicios con el oprobio y la infamia

y premia las virtudes públicas con los honores y la gloria. La imprenta es el órgano de sus decisiones.

Art. 2º.- Los actos singulares no son de su inspección a menos que sean tan extraordinarios que puedan influir en

bien o en mal sobre la moral pública. Los actos repetidos, que constituyen hábito o costumbre, son los que

inmediatamente le competen.

Art. 3º.- Su autoridad es independiente y absoluta. No hay apelación de sus juicios sino a la opinión y a la

posteridad: no admite en sus juicios otro acusador que el escándalo ni otro abogado que el buen crédito.

Art. 4º.- Su jurisdicción se extiende no solamente a los individuos sino a las familias, a los departamentos, a las

provincias, a las corporaciones, a los tribunales, a todas las autoridades y aun a la República en Cuerpo. Si llegan a

desmoralizarse debe delatarla al mundo entero. El Gobierno mismo le está sujeto, y ella pondrá sobre él una marca

de infamia, y lo declarará indigno de la República, si quebranta los tratados o los tergiversa, si viola alguna

capitulación o falta a algún empeño o promesa.

Art. 5º.- Las obras morales y políticas, los papeles periódicos y cualquiera otros escritos están sujetos a su censura,

que no será sino posterior a su publicación. Lo político no le concierne sino en sus relaciones con la moral. Su

juicio recaerá sobre el aprecio o desprecio que merecen las obras, y se extenderá a declarar si el autor es buen

Ciudadano, benemérito de la moral, o enemigo de ella, y como tal, digno o indigno de pertenecer a una República

virtuosa.

Art. 6º.- Su jurisdicción abraza no solamente lo que se escribe sobre moral o concerniente a ella, sino también, lo

que se habla, se declara o se canta en público, siempre para censurarla y castigarla con penas morales, jamás para

impedirlo.

Art. 7º.- En sus censuras y amonestaciones se dirige siempre al público y sólo se entiende con él. No habla ni

contesta jamás a los individuos ni corporaciones.

Art. 8º.- La gratitud pública, la deuda nacional, los tratados, las capitulaciones, la fe del comercio, no sólo en sus

relaciones, sino en cuanto a la calidad y legitimidad de las mercancías son objetos especiales sobre los que la

Cámara debe ejercer la más activa y escrupulosa vigilancia. En estos ramos cualquiera falta u omisión debe

castigarse con un rigor inexorable.

Art. 9º.- La ingratitud, el desacato a los padres, a los maridos, a los ancianos, a los institutos, a los magistrados, y a

los ciudadanos reconocidos y declarados virtuosos, la falta de palabra en cualquier materia, la insensibilidad en las

desgracias públicas, o de los amigos y parientes inmediatos, se recomiendan especialmente a la vigilancia de la

Cámara que podrá castigarlos hasta por un solo acto.

Art. 10.- La Cámara organizará la Policía Moral, nombrando al efecto cuantos censores juzgue convenientes.

Como una recompensa de su celo y trabajo recibirá el honroso título de Catón, el censor que por sus servicios y

virtudes se hiciese digno de él.

Art. 11.- Cada año publicará la Cámara tablas estadísticas de las virtudes y de los vicios, para lo cual todos los

tribunales superiores e inferiores le presentarán cuentas exactas y prolijas de todos los pleitos y causas criminales.

También publicará cada año listas comparativas de los hombres que se distinguen en el ejercicio de las virtudes

públicas o en la práctica de los vicios públicos.

Art. 12.- El pueblo, los colegios electorales, las municipalidades, los gobiernos de provincia, el Presidente de la

República y el Congreso, consultarán estas listas para hacer sus elecciones y nombramientos, y para decretar los

honores y recompensas. El ciudadano cuyo nombre se halla inscrito en la lista de los viciosos, no podrá ser

empleado en ningún ramo del servicio público, ni de ningún modo; y no podrá obtener ninguna recompensa

nacional, ningún honor especial, y ni aun una decoración, aquel cuyo nombre no se halle inserto en las listas de los

virtuosos, aunque sí podrá ser empleado por el gobierno.

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SECCIÓN TERCERA

Atribuciones de la Cámara de Educación

Art. 1º.- La Cámara de Educación está encargada de la educación física y moral de los niños, desde su nacimiento

hasta la edad de doce años cumplidos.

Art. 2º.- Siendo absolutamente indispensable la cooperación de las madres para la educación de los niños en sus

primeros años, y siendo éstos los más preciosos para infundirles las primeras ideas, y los más expuestos por la

delicadeza de sus órganos, la Cámara cuidará muy particularmente de publicar y hacer comunes y vulgares en toda

la República algunas instrucciones de todas las madres de familia sobre uno y otro objeto. Los curas y los agentes

departamentales serán los instrumentos de que se valdrá para esparcir estas instrucciones, de modo que no haya

una madre que las ignore, debiendo cada una presentar la que haya recibido, y manifestar que la sabe el día que se

bautice su hijo o se inscriba en el registro de nacimiento.

Art. 3º.- Además de estas instrucciones, la Cámara cuidará de publicar en nuestro idioma las obras extranjeras más

propias para ilustrar la nación sobre este asunto, haciendo juicio de ellas, y las observaciones o correcciones que

convengan.

Art. 4º.- Estimulará a los sabios y a todos a que escriban y publiquen obras originales sobre lo mismo, conforme a

nuestros usos, costumbres y gobiernos.

Art. 5º.- Como la Cámara misma recogerá dentro de poco tiempo mejor que nadie todos los datos y conocimientos

necesarios para semejantes obras, compondrá y publicará alguna que sirva a la vez de estímulo para que se ocupen

otros de este trabajo, y de ilustración para todos.

Art. 6º.- No perdonará medio ni ahorrará gasto ni sacrificio que pueda proporcionarle estos conocimientos. Al

efecto de adquirirlos comisionará, pues, hombres celosos, instruidos y despreocupados que viajen, inquieran por

todo el mundo y atesoren toda especie de conocimientos sobre la materia.

Art. 7º.- Pertenece exclusivamente a la Cámara establecer, organizar y dirigir las escuelas primarias, así de niños

como de niñas, cuidando de que se les enseñe a pronunciar, leer y escribir correctamente, las reglas más usuales de

la aritmética y los principios de la gramática, que se les inspiren ideas y sentimientos al trabajo, respecto a los

padres, a los ancianos, a los magistrados, y adhesión al Gobierno.

Art. 8º.- Siendo nuestros colegios actuales incapaces de servir para un gran plan de educación, será un cuidado

muy especial de la Cámara delinear y hacer construir los que se necesitan en toda la República, tanto para los

niños como para niñas, que deben estar separados por lo menos desde que la razón empieza a obrar en ambos. La

forma, proporción, y situación de estos establecimientos, será la más conveniente con su objeto, y se consultará en

ellos no solamente la solidez y extensión sino la elegancia, el aseo, la comodidad y el recreo de la juventud.

Art. 9º.- La Cámara determina el número de colegios que deben construirse, señala la provincia si es posible la

posición que precisamente debe ocupar cada uno, calculando para esto las ventajas del lugar, por su facilidad para

reunir allí todos los niños, por la salubridad del terreno, por la abundancia y bondad de los alimentos, etc.

Art. 10.- Cada colegio estará bajo la dirección inmediata de un institutor que será nombrado por la Cámara,

escogiéndolo entre los hombres más virtuosos y sabios, cualquiera que sea el lugar de su nacimiento. La mujer del

institutor será la institutriz inmediata del de las niñas, aunque bajo la dirección de su marido. Este empleo será el

más considerado, y los que lo ejerzan serán honrados, respetados y amados como los primeros y más preciosos

ciudadanos de la República.

Art. 11.- La Cámara formará el reglamento de organización y policía general de estos establecimientos, serán sus

clases, especificando la educación que respectivamente conviene a los niños para que adquieran desde su niñez

ideas útiles y exactas nociones fundamentales, las más adaptables a su estado y fortuna, sentimientos nobles y

morales, principios de sociabilidad y patriotismo. Este plan se presentará al Congreso para que siendo examinado

y aprobado se convierta en Ley de la República.

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Esame: Spagnolo
Corso di laurea: Corso di laurea in scienze politiche
SSD:
A.A.: 2012-2013

I contenuti di questa pagina costituiscono rielaborazioni personali del Publisher nadia_87 di informazioni apprese con la frequenza delle lezioni di Spagnolo e studio autonomo di eventuali libri di riferimento in preparazione dell'esame finale o della tesi. Non devono intendersi come materiale ufficiale dell'università Napoli Federico II - Unina o del prof De Cesare Francesca.

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